Cantando la palinodia como Trudeau

Tal y como se están poniendo las cosas con el antirracismo, los delitos de odio, los animalistas, los veganos y algunos posibles excesos puntuales en la lucha contra la violencia de sexo o género (por ejemplo, que la mujer no miente nunca), no parece disparatado prevenir acusaciones o reproches antes de que la defensa, alegando quizás la concurrencia de muy cualificadas circunstancias atenuantes, ya sea muy difícil. Así lo ha entendido el Sr. Trudeau, líder canadiense del partido liberal, que ha lamentado públicamente el haberse embadurnado la cara como un rey negro de mentirijillas, en una fiesta allá por los años de Maricastaña, o sea, cuando aún era un joven.

Mi caso no es exactamente el mismo, pero también se presta a la crítica de los nuevos tiempos. Aunque yo nunca me he pintado el rostro de negro, sí que el día del Domund (domingo mundial de las misiones) recorrí las calles de una capital castellana pidiendo una limosna con una hucha en forma de cabeza de negrito, chinito o piel roja, y no un año sino varios, seis o siete, cuando hacía el bachillerato en un colegio de jesuitas. Excuso decir que lo lamento mucho y confío en que mi confesión y arrepentimiento me sean tenidos en cuenta.

Espero que me pueda beneficiar, además, de otras atenuantes porque, con bien saben los criminólogos y psicólogos, los delincuentes y malas personas son las primeras víctimas de su entorno social, cultural e incluso religioso. Yo me movía por órdenes superiores a las que difícilmente podía sustraerme y, por si fuera poco, creía estar haciendo una buena obra.

Mis estudios de bachillerato dejaban bien claro que había cuatro razas, la blanca, la negra, la amarilla y la cobriza (es decir, la de los pieles rojas y demás indios americanos). No faltaban las correspondientes ilustraciones, muy en la línea de las cabezas de negritos, chinitos y pieles rojas representadas en las cabezas de nuestras huchas. Y recuerdo que había un Día de la Raza, que era fiesta nacional. Además tenía gran éxito aquello de la raza cósmica del poeta nicaragüense Rubén Darío. Una raza que, curiosamente, tiraba a blanca.

Ítem mas, en la Castilla de los años cuarenta no había ni un negro, ni un chino, ni un piel roja, o yo nunca los vi, de forma que la negritud artificial de Baltasar (yo creía, otro error, que el rey negro era Melchor) mal podría interpretarse como racista o discriminatoria. Al contrario, ese era el único modo de no “blanquear” al más querido de los Magos de Oriente.

En fin, que yo era casi un niño, que todo ocurrió mucho tiempo atrás, que me arrepiento y que hoy no lo volvería hacer por nada del mundo. Estoy plenamente rehabilitado sin necesidad de linchamiento público. Y si hay que firmar un manifiesto ad hoc o algo por el estilo, aquí estoy.