El ocaso de Frau Merkel

Angela Merkel

La Canciller alemana fue un ejemplo de eficaz y exitosa política durante muchos años. Hija de un pastor protestante que se trasladó voluntariamente desde de la República Federal Alemana hasta la República Democrática Alemana, más conocida como Alemania del Este o Alemania Comunista, perteneció, como era casi inevitable en aquellas condiciones, a las organizaciones juveniles del todopoderoso “partido socialista unificado”, pero su ideario era cristianodemócrata y su objetivo profesional nunca consistió en hacer carrera dentro de aquel partido, sino en doctorarse en física cuántica, lo que efectivamente hizo en la Universidad de Leipzig.

La señora. Merkel, protegida por Helmuth Kohl, el canciller que supo aprovechar la oportunidad para conseguir la unificación de Alemania, pero caído después en desgracia por la financiación ilegal de su partido, acabó asumiendo la presidencia del Gobierno alemán (no del Estado) con firmeza y acierto, hasta el extremo de ser considerada la mujer más poderosa dentro de la Unión Europea. Alemania volvió a ser, tras muchos años bajo la sombra de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, la locomotora de Europa y Frau Merkel garantizaba su buen funcionamiento. Los gobiernos de coalición con los socialdemócratas no disminuyeron su prestigio.

La inflexión o decadencia de Frau Merkel en esa destacada posición se debe a un cúmulo de circunstancias que sería prolijo enumerar, entre ellas un cierto desgaste por tan largo tiempo en el poder, pero hay una que, aunque haya quien se empeñe en no darse por enterado, ocupa muy probablemente el primer lugar: su política de brazos abiertos, o poco menos, para los muchos emigrantes que llamaban a las puertas de Europa, no ya huyendo de guerras o persecuciones en sus países de origen, sino en busca de un futuro mejor en el primer mundo.

La señora Merkel no calculó bien las dificultades de la integración social de ese aluvión de centenares de miles de inmigrantes llegados desde ámbitos tan alejados culturalmente de Europa como Afganistán, Irak o Mali. Y no sólo se equivocó en ese punto, sino que respondió con altanería a las medidas de otros países que, más pequeños que Alemania, con menos posibilidades de integración y situados en primera línea frente a la oleada inmigratoria, protegieron sus fronteras casi militarmente, no faltando tampoco las alambradas y otros obstáculos materiales.

Hoy, la señora Merkel, que ya no denuncia el comportamiento de Hungría o Eslovenia, por citar dos ejemplos, ha empezado a sufrir en carne propia, o sea, en la misma Alemania, las consecuencias de aquella generosidad. El número de los inmigrantes incontrolados y socialmente marginados es excesivo para amplios sectores de la población alemana. La xenofobia aumenta y la consolidación de Alternativa por Alemania, como nueva fuerza política, va al compás de sus denuncias por los problemas que esta inmigración masiva, legal o ilegal, suscita en general y, sobre todo, por su incidencia en la inseguridad pública y la delincuencia sexual.

El refrán español habla de la conveniencia de poner a remojo nuestras barbas cuando veamos rapar las del vecino.

P.D.: En las últimas elecciones de Brandemburgo y Sajonia, La Alternativa ha conseguido el 23,5 y el 27,5 de los sufragios, con avances muy significativos que la sitúan como segundo partido del correspondiente Land, tras sólo el partido cristianodemócrata por delante en un caso y el partido socialdemócrata en el otro. Y se teme que la tendencia ascendente de La Alternativa, radicalmente opuesta a la inmigración descontrolada, continúe.

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