La política de Israel en Palestina

Daniel Kutner, embajador de Israel en España, se ha despedido con una interesante entrevista al diario ABC en la que, tras mostrarse satisfecho por el estado de las relaciones entre nuestros dos países, lamenta que haya un antiisraelismo extremo en ciertos sectores públicos. Todos sabemos que esos sectores públicos se ubican por lo general en la izquierda, pero las críticas pueden detectarse igualmente en otros segmentos de nuestro espectro político y -lo que tiene particular importancia- también entre los españoles de a pie, de toda clase y condición, que no están dispuestos a comulgar con inaceptables comportamientos de Israel frente a la población palestina en aquellas tierras.

Se comprende y comparte la satisfacción por el hecho de que el pueblo judío haya conseguido tener su propio Estado entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, tal y como se acordó por reñida votación en la ONU. Cosa muy distinta, es, sin embargo, mirar hacia otro lado cuando las ulteriores resoluciones de dicho organismo, el que Israel debe su existencia, son ignoradas metódicamente sin otro apoyo que el de los Estados Unidos, su más fiel valedor a la hora de rehuir responsabilidades.

Verdad es que Israel constituye la única democracia merecedora de ese nombre en el Oriente Medio y comprensible resulta que el recuerdo del Holocausto explique algunos excesos a costa de los palestinos, algunos de cuyos líderes no dejan de insistir en su propósito de arrojarles al mar. Pero ni los autores del Holocausto fueron los palestinos, sino los alemanes cegados por el nacionalsocialismo, ni aquellos horrores justifican cualquier medida adoptaba por Tel Aviv para prevenir males futuros. Como no cabe tampoco acudir al concepto bíblico de la Tierra Prometida para extender los límites territoriales de Israel o para expulsar definitivamente, con uno u otro pretexto, a millones de palestinos musulmanes que, teniendo su patria allí desde hace siglos, huyeron de los avances del ejército hebreo durante sus victoriosas guerras contra sus vecinos árabes. Y eso, aunque no fueran guerras iniciadas por Israel.

Hoy tenemos millones de palestinos o descendientes de palestinos en el exilio. Y la situación de los que aún viven en los “territorios ocupados” (ya el nombre encierra tristes connotaciones) clama al cielo y a una impotente comunidad internacional que repite con machacona insistencia sus condenas por la política israelí en esa materia. No se puede obligar eternamente a un pueblo a ser tutelado por su vecino, y peor aún si es su enemigo declarado. No se le pueden arrebatar progresivamente parcelas de su ya escaso territorio hasta hacer inviable cualquier forma de independencia. Y no se puede colonizar a un pueblo en pleno siglo XXI con asentamientos que, legales o ilegales, están condenados todos ellos por el derecho internacional y la ONU.

Cámbiese de política en la cuestión palestina y seguramente el antiisraelismo extremo que denuncia el señor embajador perdería su principal y quizá único argumento. Lo que desde hace décadas sucede en la vieja Palestina no se toleraría en ningún otro lugar del mundo.