Los pobres viejos

Los viejos agradecemos mucho los bienintencionados eufemismos para encubrir la tozuda realidad de la vejez, desde la tercera edad a nuestros mayores o nuestros abuelos. También el cariñoso apelativo de viejecitos que, según la hueca cantinela al uso, se lo merecen todo. La verdad es que se nos podría seguir llamando ancianos, como se hacía anteriormente, sin necesidad de inventarse nuevas e ingeniosas denominaciones. Lo peor es, sin embargo, que las bellas palabras van por un lado y los hechos por otro.

Así, cuando se cierra una residencia, más o menos presentable pero barata, y nadie se pregunta por la suerte que correrán aquellos desalojados cuyas familias no pueden atenderles debidamente en casa ni están en condiciones de costearles una residencia mejor. Suponiendo, y no es mucho suponer, que las Administraciones Públicas no les ayuden como sería deseable.

O cuando, y este es el punto al que quería llegar, el anciano, que con bastón o sin él suele tener problemas de equilibrio, corre un evidente peligro al salir de su casa. Ese paseo era, pero me temo que ya no lo sea, el esparcimiento preferido y más saludable para las personas mayores. Las aceras eran un lugar seguro para todos los peatones. Se esperaba además que las zonas calificadas precisamente como peatonales asumirían el “modus vivendi¨ de las aceras. Pero al final, las aceras y las zonas peatonales se han vuelto inseguras tanto para los viejecitos como para otras personas más o menos achacosas o indefensas: señoras embarazadas o con un carrito para niño pequeño, por ejemplo.

Los ancianos y otras personas especialmente vulnerables por distintas razones configuran un colectivo que ve progresivamente restringido sus derechos – entre ellos el de salir a la calle – por obra y gracia de determinados usuarios, hoy más numerosos que ayer. Primero fueron las bicicletas. Luego los perros en las aceras, a veces formando grupos de tres o cuatro con correas o sueltos. Y finalmente los patinetes eléctricos, conducidos con frecuencia por gente joven que suele alardear de su dominio del vehículo, haciendo eses entre los peatones para adelantarles a veinte o veinticinco kilómetros por hora.

Quien, apoyado en su bastón, haya sufrido en directo una de tales experiencias, sabiendo que su paso por el quirófano está en manos de esa otra persona alegre y desenfadada, se lo pensará dos veces antes de iniciar un paseo convertido en aventura por aquellos a los que no se les cae de la boca el hipócrita elogio a nuestros mayores.