Bendiciones recíprocas en una penitenciaría norteamericana

Un español, ha vuelto a ser condenado en Estados Unidos tras un cuarto o quinto juicio con jurados. Se ha ratificado la realización de los hechos, pero la pena de muerte ha dejado paso a la prisión perpetua. El caso ha perdido así parte de su interés, puesto que ya no se discute la admisibilidad de la pena capital. Sin embargo, quizá como argumento complementario para evitar la imposición de la repetida pena, parece que, como en otras ocasiones, hemos apostado simultáneamente por la inocencia de quien, no se sabe muy bien la razón, sería víctima de los prejuicios yanquis contra los latinos o, simplemente, de su lamentable sistema judicial.

En ese contexto, se puede entender que defendamos a ultranza la presunción de inocencia de cualquier compatriota en el extranjero, aunque a veces la información sea claramente sesgada, sobre todo si se refiere a Estados Unidos. Sus jueces y en particular sus jurados no nos merecen mucha confianza.

Hay, sin embargo, una noticia que quiero comentar críticamente porque se sale de lo normal incluso aplicando al pie de la letra el “odia el delito y compadece al delincuente” de Concepción Arenal. El español en cuestión, convicto de asesinato, ha recibido la visita de un conocido sacerdote madrileño que ha viajado a la prisión estadounidense no sólo para abrazar y dar ánimos a nuestro compatriota, sino también para bendecirle y, pese al asombro de algún lector, recibir su bendición.

Mucho me temo que tanto la caridad cristiana como la solidaridad social han ido en esta ocasión demasiado lejos. Lo mismo en la bendición recíproca que en el escenario elegido. Mejor hubiera sido que aquella no hubiera abandonado la privacidad de la entrevista, a no ser, claro está, que ya entonces se estuviera pensando en los medios de comunicación.

Pero es que, de otro lado, y al margen de lo que se opine sobre el acierto o no de llevar a tales extremos, con luz y taquígrafos, el auxilio espiritual y moral a un asesino convicto, no se entiende bien la razón de tan largo desplazamiento. En nuestros establecimientos penitenciarios hay también asesinos condenados igualmente a prisión perpetua, sin que ningún sacerdote les bendiga y pida su bendición.

Aunque los hechos son de hace unas semanas, me ha parecido oportuno dejar el comentario para las calores del verano, cuando escasean otras noticias más importantes. El relato sigue siendo veraz pero quizá no haya que tomarlo muy en serio, lo que resulta más fácil si se lee en la playa.