“La codorniz”, El Greco y el emir madrileño

La revista satírica La Codorniz –“la revista más audaz para el lector más inteligente”- fue quizás nuestro más preciado bálsamo de buen humor durante las décadas del régimen franquista. Tal vez por su carácter irónico, se permitía chistes, comentarios y viñetas inimaginables en cualquier otra publicación de su época. Claro que se dejaba pelos en la gatera de la censura, pero nunca los suficientes para no seguir entrando y saliendo por ella como si tal cosa (o casi). Murió, por decirlo coloquialmente, de muerte natural, como tantos otros periódicos que no supieron adaptarse a los nuevos tiempos.

Recuerdo haber leído en ella un curioso artículo de uno de sus colaboradores que había visitado por tercera vez la casa de El Greco en Toledo. Aunque nadie pretenda que allí estuviera precisamente la vivienda del pintor, sí que hay acuerdo en que el inmueble es más o menos de sus años en la ciudad del Tajo, por lo que puede servir para el turismo. La sorpresas del articulista venía de que la primera vez se encontró con un escasísimo mobiliario en un par de habitaciones, mientras que más tarde, en la segunda visita, ya se habría acondicionado toda la casa, y luego, en la tercera ocasión, se diría que el pintor estaba a punto de regresar al hogar, sentarse a la mesa camilla y combatir el frío echando con la badila una firmita en el brasero.

Hoy existen recreaciones como la de Toledo en todo el mundo y el turista sabe perfectamente que la aproximación al pasado tiene mucho de artificial, de manera que todos contentos porque nadie se llama a engaño. Creo, sin embargo, que en Madrid estamos a punto de traspasar la frontera delo tolerable. Me refiero a la Plaza del Emir Mohamed I, subiendo por la Cuesta de la Vega a la derecha, casi enfrente de la entrada a la cripta de la Catedral de la Almudena, la más grande de España, dicho sea de paso. Aquello era un solar polvoriento hasta que alguien reparó en los restos de una muralla o similar que podrían remontarse al dominio musulmán sobre estas tierras. Ahora tenemos en la misma acera de la Cuesta una tableta informativa y el viejo solar ha cambiado para bien con un bonito jardín en el que no faltan los cipreses. Aunque los restos arquitectónicos no sean muy llamativos, valga recordar que el lugar mismo es también un testimonio histórico del villorrio que acabó siendo la capital de España.

O sea, que sí. Pero un sí sin exageraciones. Lo nuestro no da para mucho más.