Juramentos y promesas a la carta

El juramento y la promesa acatando la Constitución se han convertido en un variopinto espectáculo donde el “si” final (expreso o no tanto) puede ser precedido de un largo exordio a favor del “no”. Se razona el “no”, lo que es de agradecer, pero se termina con un “si” puramente formal. El ciudadano de a pie no entiende siempre tan elaborados o peregrinos circunloquios.

La alternativa entre jurar y prometer marca ya, para empezar, una diferencia entre los que optan por una fórmula o por otra. Los conservadores suelen jurar (no se sabe si por Dios o por su honor), mientras que la promesa suele gozar de mayor predicamento entre las izquierdas. Los medios de comunicación especializados en la materia informarán después, nominalmente, sobre quienes se aparten de lo general en su adscripción política. Siempre hay algunos socialistas que juran y algunos conservadores que prometen.

El procedimiento podría simplificarse, previendo únicamente la promesa. Los efectos jurídicos de ambas fórmulas son los mismos, y todos estamos en situación de prometer, pero no de jurar. Quizá lo mejor fuera que prometiéramos (o no) todos, igual los católicos que los ateos, igual los liberales que los verdes.

También sería razonable acabar con la desnaturalización del acto a base de explicaciones más o menos alambicadas. En el acatamiento a la Constitución solo nos importan el “sí” y el “no”, bien entendido que la afirmación no impide el deseo de su reforma o derogación siempre que se actúe conforme a las normas que para ello contiene nuestra propia Ley Fundamental. La motivación personal, sencilla o complicada, no interesa. Pero nuestro Tribunal Constitucional admitió aquello del “sí por imperativo legal”, brillante aportación del nacionalismo vasco, y así ´comenzó el problema. Los errores o condescendencias aparentemente inanes sientan en ocasiones un precedente peligroso. Quien acepta indebidamente la “A”, tendrá difícil rechazar después la “B”, la “C” o alguna otra letra del abecedario. Y entonces lo reparos ya no serán de forma sino de fondo. Por ejemplo, cuando lo que se está proclamando es, para cualquiera que no se esfuerce por hacerse el sordo, que se continuará la lucha hasta la declaración unilateral de una república catalana.

Es posible que algún día conozcamos la opinión del Tribunal Constitucional sobre alguna de las últimas ocurrencias como juramento o promesa. Sin embargo, hoy por hoy, no debemos perder la esperanza de oír en tan solemne ceremonia aquello tan nuestro de “saludo a mis papas, a mi tía Juanita y a todos los amigos que me estarán escuchando”