Los límites de Gibraltar

Cuando escribo estas líneas, nuestro Ministro de Asuntos Exteriores estaba estudiando la presentación de una queja en Londres por abordar a un petrolero en aguas del Estrecho que España considera suyas. Lo de siempre, los ingleses afirman tener aguas territoriales alrededor de todo el Peñón, es decir, de toda la colonia, también al este de la Roca, donde al firmarse el tratado de Utrecht no vivía nadie ni había siquiera un humilde embarcadero. La ciudad de Gibraltar y su puerto dan a poniente, a la bahía de Algeciras, pero lo cierto es que el territorio entregado a Inglaterra – ahora no hablo de las aguas- fue todo el Peñón. La única frontera de la colonia se encuentra al norte de la misma: la famosa raya, y luego verja, con la Línea.

La suerte de la zona neutral en el istmo y la ocupación de su mitad sur por Inglaterra son de gran interés para saber, dicho vulgarmente, con quién nos jugamos los cuartos. La Roca, y más aún la decisión británica de permanecer allí pese a la constante reivindicación española, ha venido a ser un símbolo de seguridad y firmeza. Conforme al enroque vigente desde hace ya varias décadas, con referéndum y todo, el Reino Unido no abandonará Gibraltar mientras sus actuales habitantes no lo soliciten. Parece haber consenso en el que la opción de la independencia, en lugar de su retrocesión a España – uso la expresión utilizada en la recuperación de Ifni por parte de Marruecos – , no cabe en el Tratado.

Siempre que dos personas se enfrentan por algún problema, será la más poderosa la que sacará mejor provecho de la situación confusa. Los ingleses se comportan como dueños de las discutidas aguas territoriales por mucho que los españoles no compartamos su opinión. Podrán hacer acto de presencia las patrulleras de la guardia civil para dar testimonio de nuestra reivindicación y podemos enviar a Londres una nota de protesta tras otra, pero nada más. Los ingleses seguirán moviéndose a su gusto en ese espacio que consideran suyo.

Doctores tendrá la Santa Madre Iglesia para, recordando la fórmula del catecismo, dar respuesta a nuestros problemas, pero habrá que reconocer que en el caso de Gibraltar pocos pasos adelante hemos dado en tres siglos, si no es que hemos ido para atrás. Y así las cosas, uno vuelve a preguntarse por la conveniencia de separar dos cuestiones distintas. La primera y principal, pero sin solución a medio plazo, como dicen los políticos, es la propia existencia de la colonia. El apoyo de la ONU de poco sirve contra las grandes potencias. Valga recordar lo que ocurre con un Israel bien protegido por Estados Unidos. Pero la segunda cuestión, la de los límites territoriales, incluidas las agua, quizá pudiera someterse a algún tribunal o mediación internacional.

Creo que el Reino Unido ya adelantó en tiempos de Franco su disposición a aceptar alguna iniciativa en dicho sentido, pero lo fundamental para el Caudillo era la descolonización. Por ello rechazó la sugerencia con el argumento de que de esa forma vendría a reconocerse el derecho de Inglaterra a permanecer en el Peñón.