La inmigración ilegal: Europa, Marruecos, Estados Unidos y Méjico

La inmigración centroamericana a los Estados Unidos presenta una nota común con la que llega a España desde la otra orilla mediterránea. No se trata tanto de huir de una guerra como de salir de la pobreza. El motivo fundamental del éxodo no es el peligro que para la vida representan la guerra o las guerrillas sino el oscuro horizonte laboral y social. Llega un momento en el que quienes no creen en un futuro mejor para su país, malvenden sus propiedades, si las tuvieran, y emprenden la gran aventura de su vida. Unos dejan a los suyos atrás, mientras que otros se hacen acompañar por buena parte de su familia, desde la mujer embarazada hasta niños de muy corta edad.

El panorama cambia con los viejos, pero su suerte depende de la que acompañe a los jóvenes emigrantes. Al no ser capaces de soportar las dificultades del viaje, los ancianos sólo participan por pasiva en este fenómeno, a la espera del dinero que sus hijos puedan y quieran mandarles.

Valga esta entrada, además de para centrar el tema y alejar reproches de insensibilidad o incomprensión, para denunciar la no infrecuente utilización de estas pobres gentes como munición electoral contra los adversarios políticos. Todos quieren lo mejor para los inmigrantes legales o ilegales, pero pocos o ninguno propone una solución razonable. Tampoco el papa Francisco, porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Es fácil lamentar las pérdidas de vidas en el Mediterráneo, lo que en sus propias palabras debería avergonzarnos, pero no lo es tanto abrir las fronteras sin control alguno, como parece propugnar implícitamente quien, amén de Pontífice, es el mandatario supremo de la Santa Sede. Por fortuna para él mal puede exigírsele al Vaticano ningún esfuerzo de acogida por su minúsculo tamaño tras la unificación de Italia.

De todo esto ya me he ocupado en otras ocasiones, pero ahora hemos comprobado que aquí, en la política de los países amenazados por la inmigración masiva, los remedios vienen a coincidir en Europa y en los Estados Unidos. Si nosotros nos esforzamos porque Marruecos admita el reenvío de los subsaharianos que atraviesan el Reino Alauita para finalmente embarcar rumbo a Europa, no debe extrañarnos que los Estados Unidos demanden de Méjico una medida similar para los que cruzan sus tierras hacía Texas, Arizona, California o Nuevo México. La diferencia consiste en que nosotros pagamos directamente por el favor, mientras que los Estados Unidos de América (también hay unos Estados Unidos Mexicanos) recurren a la imposición o aumento de aranceles para las mercancías procedentes de su vecina del Sur.

En fin, el flujo inmigratorio sigue tan controlado como hasta ahora. Las esperas serán una carga para Méjico y a Méjico serán devueltos quienes creyeran haber burlado los controles fronterizos. Algún paralelismo existe entre Madrid y Rabat por una parte y Washington y México D.F. por otra. La mejor solución es ayudar de verdad a mejorar las condiciones de vida en los países de origen.