El robo de la moneda de oro

Las monedas de oro más grandes de todos los tiempos son, o lo fueron, hasta que Australia dio un paso más allá, las cinco de cien quilos de dicho metal (así, como se escribe) acuñadas no hace mucho en Canadá. Son los llamados Big Maple Leaf o gran hoja de arce. Tienen un diámetro ligeramente superior al medio metro, y casi tres centímetros de grosor. Lógicamente, no estaban dirigidas al tráfico mercantil, sino pensadas para riquísimos coleccionistas o multimillonarios caprichosos. Se cuenta que estos cuatro ejemplares están repartidos entre la Reina Isabel II de Inglaterra, los Emiratos Árabes Unidos y un coleccionista español cuya identidad se desconoce.

Pues bien, los ladrones se han llevado, durante la noche y en una carretilla, la que estaba depositada en el museo Bode de Berlín, el santuario numismático en la Isla de los Museos, al final o al principio, según se mire, de la famosa avenida Unter den Linden. Se sientan en el banquillo de los acusados tres libaneses de oscura personalidad, como ejecutores, y un vigilante del museo como cómplice o cooperador necesario. También se exponen como instrumentos del delito, además de la carretilla, un monopatín, un mango de hacha y una cuerda. La víctima es un inversor inmobiliario de Düsseldorf que había depositado su moneda en el Museo.

Pasan los días pero la moneda no aparece y hasta se teme que no aparezca nunca porque haya sido troceada y sus restos fundidos para un mejor y más fácil aprovechamiento. La moneda no sólo es de gran tamaño sino que sobrepasa a cualquier otra por la inaudita pureza de su oro. Nada menos que un 99,9%, cuando lo corriente son un 89 o un 90%.

La noticia es pintoresca y parece ser fruto de la fantasía, como las tribulaciones del billete de un millón de libras en el conocido relato de Mark Twain. Allí son dos ricachones británicos –aristócratas o banqueros o ambas cosas a la vez, si no recuerdo mal- quienes apuestan sobre la suerte que correría una persona vulgar con ese billete por toda fortuna. La diferencia es, sin embargo, notoria. El billete del millón de libras era únicamente un invento para sustentar la narración, mientras que la moneda de cien kilogramos de peso era tan real como su robo.