La entrevista del Papa Francisco

La reciente entrevista concedida por el Papa Francisco a un destacado periodista de una cadena española de TV claramente escorada a la izquierda, bien merece algunos comentarios. El Pontífice ha defendido a ultranza la vida desde la concepción hasta la muerte natural, rechazando así el aborto, incluso en caso de violación. Esta doctrina ha sido una constante de la Iglesia Católica pese al auge de los movimientos progresistas también en los países tradicionalmente católicos. Pero ahí, y quizás en la insistencia negando a las parejas heterosexuales la capacidad de adoptar, parece que se agotaron las referencias estrictamente religiosas a la moral y buenas costumbres que la persona del Papa encarna. En esa actitud he podido reconocer, me guste o no, las enseñanzas recibidas de los padres jesuitas del colegio donde cursé el bachillerato.

El resto, por el contrario, fueron respuestas políticas a cuestiones igualmente políticas, aunque tuvieran como abrazadera el amor al prójimo, una virtud que, por fortuna, no es patrimonio exclusivo del catolicismo. Quiero decir que el Papa Francisco se expresó como lo haría –o tendría que hacerlo- cualquier otro líder, no necesariamente religioso, lleno de buenas intenciones pero sin fórmulas magistrales en un terreno que ya no es el suyo específico, sino otro compartido por toda clase de gentes. La preocupación por la paz entre los pueblos y las ayudas a las personas más desfavorecidas son solo algunas de esas constantes dentro y fuera de la Iglesia Católica.

El tema de la inmigración se desarrolló con una buena sintonía entre el entrevistador y el entrevistado. Lo malo es que no se nos ofreció ningún atisbo de solución para resolver el problema. Una cosa es lamentar la conversión del Mediterráneo en un cementerio de personas que buscaban un futuro mejor y otra muy distinta abrir de par en par las fronteras europeas hasta que el flujo de inmigrantes cesara por sí solo cuando la ley de los vasos comunicantes hubiera igualado a la vieja Europa con los países del tercer mundo. Ahora bien, si no podemos construir barreras realmente infranqueables, como en Israel, ni instalar las famosas concertinas en las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla, quizás lo mejor fuera encargar al Vaticano el diseño de las nuevas instalaciones.

De la predicación en abstracto a la dación de trigo en concreto hay un gran trecho, pero la Santa Sede tiene la enorme suerte de que, tras la desaparición de los viejos Estados Pontificios con la reunificación italiana, ni ha de pechar en primera persona con las desdichas de los inmigrantes ni siquiera dispone de un puerto al que puedan arribar los barcos que unas veces los rescatan en alta mar y otras más bien los recogen a pocas millas de las costas libias.

Bienvenidas sean las opiniones políticas del Estado Vaticano, nos convenzan o no, pero supongo que muchos españoles de mi generación agradeceríamos bastante más oír una defensa pública y continuada de la moral y el dogma católicos. ¿Sigue habiendo el infierno con pena de sentido para la carne resucitada? ¿Existen todavía el purgatorio y el limbo? ¿Qué ha sido de las indulgencias? ¿Es pecado mortal el uso del preservativo para evitar la procreación? ¿Sigue siéndolo pecado mortal toda infracción del sexto mandamiento, en el que, según me enseñaron, no había parvedad de materia? ¿El pensamiento impuro de un niño se castiga aún con el fuego eterno? No todo ha de ser pedir perdón por la pederastia.

Y si no es mucho pedir, nos gustaría que se nos explicase eso de que el Papa Francisco nos visitará cuando haya paz en España.