Más allá de la pederastia

El Papa Francisco respondió a diferentes preguntas de los periodistas en su vuelo de regreso a Roma desde Abu Dabi, algunas sobre el doloroso tema de los curas o religiosos pederastas. Las respuestas, como era de esperar, condenaban de nuevo tales abusos, remitiéndose también a la próxima cumbre con presidentes de conferencias episcopales de todo el mundo para coordinar los modos de proceder contra la existencia o fundada sospecha de esas prácticas absolutamente condenables. Las declaraciones no aportaban ninguna novedad significativa en aquella cuestión y yo las habría olvidado rápidamente si no hubieran tenido de complemento la mención de otras conductas que, infringiendo asimismo el sexto mandamiento, quizás superen en maldad a la propia pederastia con el monaguillo u otro niño indefenso.

Según la cita recogida el día 6 en un gran diario nacional no sospechoso de anticlericalismo, el Papa reconoció el abuso de mujeres religiosas por parte de sacerdotes y añadió que “no es algo que todos los sacerdotes hagan, pero hay sacerdotes y obispos que lo hicieron y aún lo hacen”. Los escándalos sexuales de la Iglesia no se habían extendido hasta ahora, que yo sepa, a ese tipo de relaciones con las monjas como víctimas particularmente vulnerables frente al clero varonil y a las altas dignidades eclesiásticas. Había como una autocensura de los medios de comunicación y de los comentaristas para no ir más allá de una pederastia innegable ante la cantidad y credibilidad de los testimonios repetidos a lo largo y ancho de todo el mundo católico.

En la cuestión del abuso o agresión sexual, con violación incluida, se ha abierto un nuevo capítulo especialmente repulsivo por la situación de dependencia de la mujer y el mundo más o menos cerrado de los conventos, así como por la afirmación, en presente, de que hay prelados que lo hacían y otros que todavía lo hacen. El Papa Francisco ha dado con sus declaraciones una vuelta de tuerca al problema (The turn of the screw, como reza el título de la famosa novela del Henry James). Parecía que habíamos tocado fondo con las prácticas de la pederastia, pero ha sido el propio pontífice quien ha introducido en el viejo debate esta nueva y terrible dimensión.

Para que no se repitan los reproches de corporativismo y encubrimiento generalizado sería recomendable conocer con detalle lo que se haga a partir de ahora. ¿Llegaremos a saber los nombres de algunos de esos prelados que, según el Papa, continúan abusando de su dignidad frente a las monjas o religiosas? ¿Alguno de ellos será puesto a disposición de la justicia ordinaria para ser juzgado como cualquier ciudadano en España u otro país constituido en Estado de Derecho? Demos tiempo al tiempo.