China, chinos y chinitos

Los españoles, seguramente como consecuencia de haber levantado un Imperio en el que no se ponía el sol, hemos mantenido hasta hace pocos años, sin que aún hayan desaparecido del todo, algunas expresiones no muy respetuosas para con otros pueblos. Trabajar como un negro o hacer el indio, fuera este asiático o indígena americano, eran actividades vedadas a todo cristiano peninsular y de pura cepa. Los judíos conversos tampoco se salvaban de un cierto desprecio reservado para los cristianos nuevos o de conveniencia.

Mi propósito no es, sin embargo, hilvanar ahora unas líneas sobre la discriminación practicada por nuestros ancestros pese a la promulgación de bellas leyes igualitarias que se acataban pero no siempre se cumplían. Los recuerdos de mayor actualidad se refieren a otra nación minusvalorada en su día por todas las potencias occidentales, grandes y pequeñas. Pese a saber que China era un país muy extenso, contaba con más millones de habitantes que cualquier otro e incluso había desarrollado una gran cultura mucho antes de que por aquí disfrutásemos de la pintura rupestre, la verdad es que lo más característico de los chinos era, para nosotros, su pintoresca vocación de vendedores de perlas falsas y, simultáneamente, su predisposición a ser estafados. Te han engañado como a un chino, decíamos.

Los chinitos, más que los chinos adultos, eran los primeros beneficiarios de las colectas del DOMUND. Había huchas de cerámica policromada que representaban cabezas de chinitos, negritos y pieles rojas (se me resiste el diminutivo), pero los primeras eran las más bonitas. Los chinitos debían pasarlo tan mal que los niños españoles de la postguerra, siguiendo las instrucciones del colegio correspondiente, hacíamos bolitas de papel de plata, es decir, de estaño, con los envoltorios de las tabletas de chocolate. Supuestamente servirían para que los misioneros atendieran con el producto de su venta a lo que hubiera menester.

La cosa es que estos días la China Popular ha clavado su bandera en la cara oculta de la luna, adelantándose así a sus competidores en la carrera espacial. Y a la espera estamos de que se convierta muy pronto en la primera potencia mundial en términos económicos, científicos y hasta militares. Solo hay que dar tiempo al tiempo. Eso de que solo las democracias de corte occidental garantizan el progreso material de los pueblos es una afirmación camelística, de interesado pero peligroso optimismo. La recuperación de Alemania durante los primeros años del régimen hitleriano, hasta el inicio de la 2ª Guerra Mundial, fue un pequeño adelanto de lo que está ocurriendo actualmente en China. Algo que, por cierto, contrasta con las muestras de agotamiento del milagro económico japonés.

Si las tendencias no varían radicalmente, habrá que aceptar el cambio de ciclo histórico y procurar desempeñar como mejor proceda el papel que entonces nos toque desempeñar. No quiero se agorero, y menos al comienzo de este Año Nuevo, pero tampoco puedo descartar que los turistas chinos y de otros países orientales nos visiten en un tiempo no muy lejano buscando los últimos vestigios típicos de un mundo obsoleto. Suiza y la Selva Negra serían reservas del ayer, como Toledo o el flamenco.