Ay de los viejos

patinete

Hubo un tiempo, menos hipócrita que el actual, en el que los viejos eran sencillamente eso, los viejos, aunque a veces fueran también llamados abuelos, con una pizca añadida de lejana familiaridad. También había quienes preferían referirse a ellos como ancianos, una palabra más bonita y más respetuosa pero que nada añadía ni quitaba al reconocimiento de la realidad. El viejo, el abuelo y el anciano eran una misma cosa: personas en la fase terminal de su existencia, no por enfermedad o accidente, sino por simple agotamiento de la energía vital con que al nacer les había obsequiado su hada madrina.

Entre gentes de cierta cultura se hablaba a veces de ancianos valetudinarios, un adjetivo este último que, me temo, sólo conocen hoy los ilustres académicos de la lengua y algunos eruditos mal vistos por el común y en peligro de extinción. Luego están los aficionados a resolver difíciles crucigramas y otros sujetos inclinados a la pedantería, sobre los que aquí no es posible extenderse.

Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. La sensibilidad ciudadana, desgraciadamente más a nivel de las palabras que de los hechos, va a remolque de lo políticamente correcto. Los viejos, abuelos y ancianos han sido sustituidos por los mayores o, excepcionalmente, muy mayores. La tercera edad es otro valioso descubrimiento para alejar la idea de la muerte, que no la muerte misma. Eso de la tercera edad tiene además la ventaja de que permite hacerse ilusiones con una cuarta o una quinta. Algo así como la llegada de la muerte a pasitos según el deseo del consumidor.

Y mientras tanto ¿qué? Pues mientras tanto, un sobresalto continuo y una pérdida progresiva de la seguridad que hasta ahora habían disfrutado viejos, abuelos, ancianos y mayores o muy mayores en unas aceras cuyo principal riesgo se reducía al tropiezo con otro peatón. Desde el umbral de la casa hasta el bordillo de la calzada se podía pasear o detenerse para charlar con algún amigo o vecino a salvo de cualquier contratiempo. Nada de bicicletas que te arrollan casi sin darte tiempo de salir a la calle y nada de esos patines eléctricos de una o dos ruedas utilizados por guardias municipales o turistas con escasa experiencia en el manejo de tales medios de locomoción. Ya teníamos bastante con los saltos de los monopatines.

Y, claro está, lo dicho vale también para los niños, para quienes utilizan una silla de ruedas, para quienes por una u otra razón se mueven con dificultad y para las madres que empujan las sillitas de sus hijos. O sea, para todos aquellos que precisan de especial consideración por parte de un Estado que se define constitucionalmente como Social.

Sobre el autor de esta publicación