Las pensiones

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Las pensiones son un tema recurrente por definición. Se busca un compromiso para su actualización, siempre ramplona (especialmente a juicio de los pensionistas), bien sea cada año, mientras su congelación en tiempos de vacas flacas. Todo muy lógico y hasta partiendo de datos relativamente objetivos. ¿Cómo se comportó el IPC?, ¿cuál ha sido el crecimiento real de nuestra macroeconomía?, ¿y las cifras del paro?, ¿es correcto mantener las ahora vigentes edades de jubilación?

Con esas y otras variantes, entreveradas a veces de mero posibilismo o probabilismo, podemos reunirnos, discutir y firmar grandes pactos, poco consistentes en su totalidad, pero loables porque no tenemos otros a nuestro alcance. Se hace lo que se puede y algunas de las soluciones propuestas descansan en datos de cierta estabilidad, como el de la incorporación de emigrantes al mundo laboral.

Ese gran pacto nacional, interpartidista y trasversal con sus dos fuertes columnas empresarial y sindical, dará confianza, pero no garantizarán el acierto en los pronósticos. En la misma línea, ningún sentido tendría “blindar”  las pensiones en la Constitución. La deriva hacia los fuegos artificiales sin efecto alguno sobre la cuestión polémica no es recomendable. Nuestra Carta Magna ya reconoce el derecho a una vivienda digna y al trabajo, pero se trata más bien de unos principios a los que sólo nos aproximaremos si la situación económica lo permite. Por ese camino poco hay que esperar. Sería como fijar un salario mínimo que finalmente dependería de nuestra economía en un momento determinado.

La disyuntiva entre la Caja de la Seguridad Social o el recurso a los Presupuestos Generales del Estado sería únicamente una opción sin mayor importancia en el marco de lo económicamente posible.

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