Los inconvenientes del retraso

Luis Bárcenas

La propaganda partidista y mediática nos hizo hacer creer en su día que la corrupción en nuestra vida pública se reducía a cuatro o cinco casos puntuales a lo largo y ancho de la geografía española. Pero llegó un momento en el que, como en los viejos pasatiempos de la prensa escrita, el lector se entretuvo trazando una línea de punto a punto hasta encontrarse de frente con la imagen de la corrupción generalizada.

Algo más grave, por cierto, a la sombra de los partidos políticos y de las administraciones autonómica y local que de la administración central. No son de jueces, ni de fiscales, ni de altos cargos de la Administración del Estado los nombres que más se repiten en las cuentas opacas, cohechos, comisiones o demás capítulos de chanchullos multimillonarios. Una enseñanza que invita a la reflexión y coloca los criterios de mérito y capacidad, como garantía de las oposiciones serias y de toda la vida, por encima de la discrecionalidad conforme a fidelidades personales, familiares o ideologías.

Evidentemente, son menos quienes todavía se atreven a negar la evidencia, pero aún se observa un cierto pataleo con protestas de dignidad ofendida, como si la corrupción solo afectase a los adversarios políticos. El PSOE continúa enfangado con los cursillos de formación y los “eres”. Cantidades astronómicas al servicio de la red clientelar. Ahora se están juzgando algunos de los hechos ocurridos diez o doce años atrás. Otros duermen el sueño de los justos en el juzgado correspondiente, a la espera de que la instrucción criminal se disuelva como un azucarillo con el paso del tiempo y la prescripción. Ya antes tuvimos Filesa y no sé cuántas sociedades más para encubrir los ingresos de mala procedencia.

De la corrupción en el PP no vale la pena hablar precisamente estos días. El inusual mensaje de Rajoy a su tesorero Bárcenas está en el origen de la última moción de censura. El PP arrastra un déficit de credibilidad que ha afectado también a sus seguidores de toda la vida. El apoyo a los principios se mantiene probablemente muy por encima del liderazgo.

De la vieja Convergencia i Unió poco cabe decir pese a que el escándalo del 3%, que colea desde hace muchos años, no acabe de recibir una respuesta judicial. La familia Pujol aparece y desaparece del primer plano como un Guadiana catalán con rasgos propios en el escenario de la  corrupción.

Lo peor para  el PP no es, por ello, la corrupción en sí misma, sino que el pretérito sigue presente en el día a día de esta formación política. El problema es que Chaves y Griñán ya no dirigen el PSOE andaluz, ni los Pujol la deriva secesionista de Cataluña. Los nuevos líderes pueden alardear con mayor o menor de que ellos solo pasaban por allí, o ni siquiera eso, en los años de las cajas negras y de las contabilidades paralelas.

Ciudadanos y Podemos se nos presentan como opciones totalmente nuevas, lo que les facilita el voto de confianza. A los españoles nos preocupa más el destino de nuestros dineros y la honradez - realidad e imagen - de nuestros políticos que los procedimientos, quizá poco ejemplares, con que los líderes de Podemos se ganaban holgadamente la vida antes de crear la formación dorada.

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