La escalada del narcotráfico

Cuando se decomisan en un corto espacio de tiempo alijos que rondan las diez toneladas de cocaína, hay una comprensible tendencia a anotarlos en el haber de nuestras fuerzas de seguridad, policía, guardia civil o agentes aduaneros, dependiendo del lugar y forma de la operación. Es una manera de valorar lo sucedido como si esas noticias se encardinaran en nuestra progresiva victoria en la lucha contra el narcotráfico, pero también puede ocurrir que tales capturas, cada vez más espectaculares, respondan fundamentalmente a que el cáncer del narcotráfico haya alcanzado la fase de la metástasis generalizada. Mayor consumo nacional y mayor importancia de nuestros centros de distribución desde el África del norte y Latinoamérica hacia el corazón de Europa.

Poco ayuda, de otro lado, a la versión optimista el espectáculo, hasta ahora desconocido o insólito, del agresivo comportamiento de nuestros traficantes frente a quienes los combaten en nombre del Estado. Y, naturalmente, no nos referimos aquí ni a las consabidas zonas francas, con lujosas viviendas y embarcaderos propios, donde los capos viven y planifican sus mafiosas hazañas ni a alguna playa de La Línea donde los amigos y parientes de los narcotraficantes de a pie llegan a impedir las intervenciones policiales mediante el contundente recurso del apedreamiento multitudinario. Queremos llamar la atención, más bien, sobre los nuevos ataques personales que ponen en tela de juicio la existencia de una línea inviolable por muy fuertes que sean las organizaciones criminales.

Un día fue el rescate a cara descubierta de un narcotraficante detenido en un hospital de aquella zona. Otros fueron los ataques alevosos sufridos por algún funcionario policial cuando caminaba por la calle, de paisano y como un ciudadano más. Ni este tipo de ataques son nuevos ni es la primera vez que el incidente se saldó con algún disparo al aire, pero ahora nos enteramos de un hecho similar en el que las víctimas habrían sido nueve miembros de la guardia civil acorralados y apaleados a media tarde por unas cuarenta personas que los identificaron como miembros de la Benemérita. La mayoría de ellos sufrieron heridas de mayor o menor consideración como consecuencia de botellazos y lanzamiento de objetos, así como de golpes con bates de béisbol que casualmente llevaban para celebrar en familia una primera comunión. Y solo con algún disparo disuasorio al aire y el auxilio de la policía nacional llegó a su fin el incidente.

Lo último era, cuando escribía estas líneas, la muerte de un niño debida a las imprudentes maniobras de una lancha de narcotraficantes que exhibía sus habilidades náuticas frente a una playa, también cerca del Peñón, como dueña absoluta e incontrolada de aquellas aguas. En un par de días ha habido, sin embargo, algunos incidentes más como el de la lancha que llegó a chocar con la embarcación de nuestra policía. ¿No se podría, por ejemplo, prohibir aquellas lanchas rápidas en nuestras aguas de la bahía y en el estrecho, con su inmediato decomiso como medida administrativa?

Uno se acuerda de las tristes experiencias del llamado terrorismo de baja intensidad durante los largos años del conflicto etarra y tiene muy presente las enseñanzas del narcotráfico desbocado en algunos países al otro lado del Atlántico. Y perdone el lector si me preocupo tan claramente por la posibilidad de que el problema de las drogas se nos esté yendo de las manos.