Un magistrado español en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos

Luis Lopez Guerra

Luis López Guerra se despide del TEDH con una sentencia que ha levantado ampollas en toda España. No era la primera vez que votaba a favor de su condena. Así en casos tan conocidos y sensibles como los de la Doctrina Parot o la indemnización por malos tratos a los terroristas del atentado que costó la vida a un ciudadano ecuatoriano en el aparcamiento del aeropuerto de Barajas. En esta última ocasión ha apoyado el pronunciamiento de que quien públicamente quema la efigie del Rey de España se encuentra amparado por la libertad de expresión dentro de la contienda política.

Sostuve en su día, aun adelantándome a la sentencia del TEDH que la “doctrina Parot” había sido una bienintencionada pero desafortunada construcción para retrasar las excarcelaciones de etarras que, condenados a centenares de años de prisión, cumplían sus penas en tan solo doce o quince porque el legislador español había mantenido inexplicablemente (o por un buenismo irresponsable) la franquista redención de penas por el trabajo, un día de prisión cumplida por cada dos de trabajo más o menos ficticio.

En la sentencia por malos tratos no entro porque se refiere a unos hechos a partir de pruebas que desconozco. Como español hubiera preferido una sentencia favorable a España, pero creo, con carácter general, que en la larga lucha contra el terrorismo de ETA, con centenares de muertos y un sinnúmero de heridos, sería asombroso que nunca hubiera habido algún exceso policial. Y ahí están, aunque nos duela, la tortura, el asesinato y el enterramiento en cal viva de los presuntos etarras Lasa y Zabala, todo ello perfectamente documentado en el correspondiente proceso.

Tampoco sé si compartiría o no la sentencia absolutoria por ofensa a símbolos nacionales representados en este caso por la efigie real. La polémica sobre la quema de banderas no ha acabado, pero no debe olvidarse la tolerante jurisprudencia de los Estados. En fin, se trata de una ardua cuestión cuyo estudio desborda el objeto de estas líneas.

Yo solo pretendo reivindicar el respeto a los jueces y tribunales aunque no compartamos sus resoluciones. Al magistrado Luis López Guerra se le ha llamado de todo por no haber defendido algunas importantes resoluciones de nuestro Tribunal Supremo y nuestro Tribunal Constitucional. Como si su postura hubiera sido inexplicable e injusta. Sin embargo, el juez ha de proceder conforme a su conciencia y no según los discutibles intereses de sus amigos, conciudadanos o, sencillamente, de quienes le confiaron ese puesto. Y también en este terreno hay que aplicar, aunque dé vergüenza recordarlo, la presunción del trabajo honesto.

Pero es que, además, el magistrado español Luis López Guerra no ha hecho otra cosa que votar junto a las mayorías en aquellas sentencias del TEDH, lo que debiera bastar para desechar cualquier sospecha de enfermiza aversión a los intereses de España. Se habrá equivocado o no, como sus colegas, pero de ahí a la descalificación personal hay un largo camino que no puede ser recorrido sin atentar contra la esencia de un Estado de derecho.

No quiero entrar en especulaciones de otro tipo, pero sí añadir al menos dos observaciones. La primera es que a medio o largo plazo (como suelen decir los políticos), lo mejor para cualquier país es ser efectivamente un Estado de derecho. Y la segunda es expresar mis dudas acerca de que el prestigio de España o de los jueces españoles hubiera ganado mucho si el magistrado Luis López Guerra hubiera firmado en solitario un Voto particular en estos supuestos de especial relevancia para el país que lo envió a Estrasburgo.

Por cierto, ni conozco personalmente ni he hablado en mi vida con el Sr. López Guerra.

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