Cataluña: batiburrillo políticogramatical

La interpretación de textos da para mucho en la ciencia jurídica, pero eso no es nada comparado con lo que ocurre en la política. Aquélla es como más seria y tiene sus reglas, mientras que ésta otra tiende a ir por libre y conforme convenga al interés ideológico del exégeta. Luego, los medios de comunicación se encargarán de difundir, según sus preferencias partidistas, la verdad revelada. A los problemas gramaticales se suman los intereses particulares del intérprete.

En España hubo una “miembra” del Gobierno para la que “el dinero público no era de nadie”, con lo que se cargaba de un plumazo el delito de malversación. Después hemos tenido (y tenemos) un presidente del Gobierno con una clara inclinación hacia las frases supuestamente ingeniosas que no dicen nada o dicen a la vez una cosa y la contraria, lo que vendría a ser lo mismo. Eso, cuando uno no se queda, sencillamente, “in albis”.

Se afirma con la mayor naturalidad que un plato es un plato, así como que habría cosas que eran mentira excepto las que eran verdad. O que “la cerámica de Talavera no es cosa menor, lo que quiere decir que es cosa mayor”. Son frases que más o menos se entienden en clave de humor. Pero también se nos dice que es “el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. Y entonces es mejor dejarlo.

Resulta, sin embargo, que ahora nos ha salido la criada respondona o el político respondón, pero en catalán y sustituyendo las oraciones contundentes por un prolongado blablablá. El discurso recuerda las montañas rusas de nuestros parques de atracciones. Sus altibajos se reflejaban en los rostros de los secesionistas, pendientes del alumbramiento de la República de Cataluña. Y ha pasado lo que tenía que pasar. Una cosa es suspender la propia declaración de independencia para dar tiempo al ansiado diálogo y otra declarar la independencia y suspender seguidamente sus efectos con igual finalidad.

Todas las asociaciones de jueces y fiscales, menos influidos que otros ciudadanos por consideraciones extrajurídicas, han entendido que hubo declaración de independencia, pero los políticos de pura cepa dicen más bien que no, o que no saben, o que se reservan la respuesta definitiva. Nuestro presidente Rajoy parece estar en uno de esos dos primeros grupos, y por eso pregunta. Y el president Puigdemont responderá como mejor le convenga, siempre con el recurso a mano de salirse por la tangente.

Como, de todas formas, dicho está lo dicho, quizá su sentido no debiera quedar en manos de los políticos interesados. La Real Academia de la Lengua Española, con la debida asistencia de las correspondientes instituciones catalanas, podría emitir un dictamen bastante más fiable como punto de partida para la continuación o conclusión del esperpento. Aunque sólo fuera una pausa por algunos años.