Apunte veraniego sobre Gibraltar

Gibraltar

Las vacaciones de verano permiten volver con más calma sobre algunas cuestiones que en su momento se mezclaron con muchas otras de la actualidad cotidiana, o que se han enquistado en la sociedad española. Esto último ocurre con temas como la omnipresente corrupción transversal, vertical y horizontal, y como la violencia de sexo, que no disminuye, antes al contrario, aumenta pese al mayor número de denuncias y órdenes de alejamiento. Las restantes cuestiones suelen ser flor de un día en ese contexto. Y de eso se trata, de retomar lo que no debe caer en el olvido. Por ejemplo, las declaraciones del señor García-Margallo, nuestro exministro de Asuntos Exteriores, a propósito del futuro de Gibraltar tras el Brexit.

El problema del Peñón es demasiado grave y complejo como para que improvisemos a riesgo de salir trasquilados. Nuestro entonces flamante ministro aprovechó el primer encuentro con su colega británico, antiguo conocido suyo para saludarle con un “y no te olvides de Gibraltar” o algo por el estilo, pero la colonia sigue ahí sin que hayamos avanzado un solo paso en nuestras demandas. El Reino Unido, que es la parte más fuerte, jugará siempre con ventaja en las aguas litigiosas o en cualquier incidente sobre los límites de la colonia. Quizá cometiésemos un grave error ya en tiempos de Franco. El de no haber aceptado el arbitraje internacional que Londres propuso para solucionar estas cuestiones, sin perjuicio de que España mantuviese su irrenunciable demanda de plena descolonización del territorio.

La situación de facto no sólo no varió lo más mínimo mientras que el señor García-Margallo fue titular del Ministerio de Asuntos Exteriores, sino que incluso nuestro intento de implicar indirectamente a la Unión Europea en la polémica fue un fiasco. Nuestros medios de comunicación abrieron un día con la noticia de que habíamos denunciado ante los organismos competentes el lanzamiento de bloques de cemento, por parte de las marinas británica o gibraltareña, en nuestras aguas jurisdiccionales de la bahía de Algeciras. Se habría cometido una infracción ecológica que afectaría a la pesca en dicho lugar. La denuncia fue desestimada. Ni hubo tal infracción ni se entró en el espinoso tema de la soberanía de las aguas.

Pero lo más preocupante es que el señor García-Margallo, suponemos que por su cuenta y riesgo, se haya apresurado a ofrecer su personal fórmula para que los gibraltareños superen brillantemente el Brexit. Lo que en principio sería malo para la Roca, como entendieron los llanitos votando casi por unanimidad a favor de su permanencia en la Unión Europea, se convertiría para ellos en su mejor oportunidad histórica. Bastaría con que aceptaran la doble nacionalidad y un Estatuto especial para que el Reino Unido conservara ciertas competencias en algunos ámbitos como el militar y de las relaciones exteriores. La valla fronteriza perdería su razón de ser.

Lo que no se nos dice es que ese plan exige una reforma constitucional que difícilmente contaría con el apoyo necesario de los votantes, aunque sólo fuera por el fundadísimo temor a su repercusión en otras regiones, nacionalidades o naciones de España. ¿Por qué los catalanes y los vascos, por ejemplo, no podrían tener doble nacionalidad? ¿Qué más podría salir de la caja de Pandora?

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