El día después

Cataluña

Confiamos en que, como asegura el presidente Rajoy, el referéndum catalán del 1 de octubre no se celebrará. Puede que se vote, siempre sin garantía alguna, en las urnas de algún colegio electoral, pero eso nada significa. No le faltan al Gobierno medios para cumplir su palabra. Desde la aplicación del artículo 155 de la Constitución (antes de que sea demasiado tarde) hasta la declaración del estado de sitio.

Y esperamos también que el carácter pacífico del proceso independentista no se quiebre con disturbios callejeros que obligarían al uso de la fuerza pública y a la instrucción de las correspondientes causas penales por delitos contra el orden público y, en su caso, de rebelión. Es un riesgo que muy probablemente se habría evitado con una reacción más decidida y pronta ante lo que se viene planificando a plena luz del día desde la propia Generalidad de Cataluña y, seguramente, con el dinero de todos los españoles.

Pero el problema de fondo continuará siendo el mismo tras el 1 de octubre. Cataluña fue la entonces región española, cuando aún no existían las comunidades autónomas, donde la Constitución obtuvo mayor respaldo. El nacionalismo derivó después hacia un separatismo que, muy minoritario en principio, ha ido aumentando progresivamente hasta convertirse en un factor determinante de la política catalana. Y es de temer por ello que el porcentaje de independentistas prosiga su curso ascendente si no se remedian las causas últimas de ese crecimiento. Anótense aquí el adoctrinamiento sectario en los centros de enseñanza, las trabas al uso del idioma común de todos los españoles y la permisibilidad frente al incumplimiento de leyes y sentencias en línea con la unidad de España.

Al margen de lo que suceda el 1 de octubre, y aun dando por fracasado este referéndum ilegal como paso previo a la declaración de la República de Cataluña, es obvio que entre los muchos catalanes contrarios a la independencia se ha extendido la razonable impresión de que el Gobierno del Estado, y no sólo el actual, ha sido demasiado complaciente con los separatistas. Los llamados españolistas padecen hoy una lamentable discriminación, no sólo institucional sino también social, por su fidelidad a la unidad de España. El destino final de Cataluña dependerá de que tal situación se corrija o no sin excesiva tardanza.

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