Helmut Kohl

La muerte de Helmut Kohl no ha sorprendido a nadie. Llevaba diez años en silla de ruedas como consecuencia de una caída casual que le afectó al cerebro, pero también arrastraba otros muchos problemas con frecuentes ingresos hospitalarios.

Su biografía ofrece páginas gloriosas entre las que destaca la reunificación alemana tras la caída del muro de Berlín. Hasta sus peores enemigos y quienes le dieron la espalda en los últimos tiempos reconocen sus méritos al saber aprovechar aquella inesperada oportunidad histórica y vencer los recelos que una Alemania más grande, fuerte y poderosa seguía suscitando entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Su magnífica relación personal con Gorbartschow, George Bush, Margaret Thatcher y Mitterrand fue una gran ayuda.

Kohl afirmó solemnemente ante el parlamento de Estrasburgo que la unidad alemana y la unidad europea eran las dos caras de una misma moneda. La metáfora no quedó en bellas palabras. El nacimiento del euro, que supuso la desaparición del marco alemán, orgullo y emblema de un desarrollo económico sin parangón en el resto de Europa, fue el precio pagado para que todo el proceso de la reunificación se desarrollara dentro de la mayor normalidad.

Después, coincidiendo con el décimo aniversario de la reunificación, vino el escándalo de la financiación ilegal de la Unión Cristianodemócrata (CDU) y la suerte del Canciller se torció drásticamente. El gran patriota se convirtió en un lastre para su partido. Los electores le volvieron la espalda y fue precisamente su protegida Angela Merkel, entonces más una promesa que un valor consolidado, quien defendió la necesidad de un cambio que implicaba la jubilación política de su mentor.

El declive empezó cuando la juez de Königstein dictó el 5 de noviembre de 1999 una orden de arresto contra el tesorero de la CDU por no haber pagado los impuestos correspondientes al millón de euros recibido de un traficante (legal) de armas. Todo, como suele ocurrir en estos casos, tanto en el cine como en la vida real: la entrega de un maletín lleno de billetes de banco en un aparcamiento suizo. El tesorero admitió los hechos, pero aclarando que el dinero era para su partido.

Si bien unas semanas más tarde el propio secretario general de la CDU, Heiner Geissler, admitió la existencia de una caja negra a disposición del presidente Kohl, este se negó rotundamente a dar información sobre la identidad de los donantes porque así lo habría prometido al recibir los fondos y su palabra de honor estaría por encima de cualquier contingencia. El partido fue condenado a pagar veinte millones de euros. Comenzaba el calvario de quien tanto había hecho por su país.

Luego la vida de Kohl se ensombreció todavía más con las depresiones y el suicidio de su esposa. Y con el alejamiento de sus hijos cuando contrajo nuevo matrimonio al cabo de unos años.

Hoy, con su muerte, los reproches de su última etapa parecen olvidados. El presidente Kohl ha sido objeto de un homenaje internacional en la Eurocámara, donde su féretro estuvo cubierto por la bandera de la Unión Europea. Difícil imaginarse una presencia más nutrida de jefes de estado y de gobierno. Finalmente sus restos fueron trasladados a Alemania, ya bajo la bandera de la República Federal, para recibir sepultura en Spira. Descanse en paz.