Viajes y audiencias papales: religión y política

El comienzo de los viajes papales fuera de Italia, en gran número y con el avión como medio de transporte, puede encontrarse en el pontificado de Pablo VI, que fue asimismo el primero en visitar los cinco continentes. Le sucedió Juan XXIII, atado a Roma por la celebración del Concilio Vaticano II, pero que ya siendo Cardenal había peregrinado a Santiago de Compostela. Juan Pablo II siguió el ejemplo de Pablo VI, voló más de un millón de kilómetros y recibió el sobrenombre de “Papa viajero”. Fue igualmente el primer pontífice en venir a España. Benedicto XVI redujo a veinticuatro sus viajes a otros países, pero en tres ocasiones el elegido fue España.

Francisco I ha dado preferencia a las naciones latinoamericanas, lo que bien se explica por su condición de argentino y directo conocedor de las necesidades pastorales en aquel continente. También se entienden, como excepcionales manifestaciones de apoyo, sus viajes a Albania, Turquía, Sri Lanka y otras tierras donde los católicos son minoría respecto a las religiones dominantes. O por Kenia, Uganda y la República Centroafricana. Lo que sorprende un poco es que España haya quedado siempre para mejor ocasión. Se frustró la visita a Ávila siguiendo las huellas de Santa Teresa de Jesús. Y a la pregunta de si el Papa podría venir a España el próximo año, un alto miembro de la curia respondió con un displicente ¿por qué no?

Los designios del cielo son inescrutables y quizá los del Vaticano lo sean más todavía, pues las consideraciones religiosas se entremezclan con otras de contingencia política. El Obispo de Roma es simultáneamente el vértice institucional de la Santa Sede.

Valga el largo preámbulo para justificar un comentario que no se refiere al Pontífice máximo de los católicos sino al Jefe de Estado que posa con el ceño fruncido junto al Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, probablemente el país más poderoso del mundo. El que tanto contribuyó a la derrota del nacionalsocialismo y luego, pacíficamente, a la desaparición de los regímenes comunistas de la antigua Unión Soviética y sus países satélites. El presidente Trump había tenido la amabilidad de aceptar la invitación del Papa Francisco y se hallaba bajo su techo.

Quizá el rechazo del Papa Francisco a la prolongación del muro en la frontera entre Estados Unidos y México haya estado presente en el encuentro, pero Trump se habría limitado a cumplir la palabra dada durante su campaña electoral. Guste o no, los Estados Unidos tienen derecho a defender sus fronteras frente a la inmigración masiva e incontrolada. Recuérdense nuestras vallas de Ceuta y Melilla. El presidente de Estados Unidos hubiera podido replicar a su anfitrión que, por ejemplo, el Estado Vaticano sigue sin firmar la Declaración de Derechos Humanos porque contradice al ordenamiento canónico en diversas materias. Prefirió, sin embargo, no ser un incómodo huésped.

La foto del Santo Padre con el presidente Trump, su esposa y su hija no se compadece bien con otras que nos muestran a Francisco I en amable compañía con los hermanos Castro, comunistas confesos, o sonriendo en amigable conversación con Cristina Kichner, un más que controvertido personaje político en la línea populista del neoperonismo. Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César resulta en ocasiones particularmente difícil.