La pederastia, la igualdad y la transparencia

Leemos en un diario madrileño poco sospechoso en esta materia que el papa Francisco lamentaba días atrás la falta de personal para agilizar los expedientes por pederastia, de los que hoy habría dos mil amontonados (sic). De ahí que se estuviese estudiando la creación de unos tribunales con mayores competencias para acelerar los procedimientos. Si eso es así, y dado el doble escándalo de los curas pederastas, tanto por su propia entidad como por la tradicional política vaticana de opacidad frente a los tribunales ordinarios del país de comisión del delito, resultaría que aún queda mucha tarea por hacer en la buena dirección.

Las cosas de palacio suelen ir despacio, como reza el refrán, pero en esta ocasión, cuando llevamos ya bastantes años lamentando la lentitud, y a veces la pasividad, de la actuación eclesiástica en estos episodios particularmente graves de pederastia, mucho sorprende que la tramitación se retrase por falta de medios personales y que se piense en estudiar, por fin, la conveniencia de introducir cambios orgánicos para reducir las demoras.

Será bienvenido cuanto se haga para llevar ante los tribunales del país correspondiente los delitos de pederastia cometidos en cualquier ámbito, sea éste deportivo, religioso o de otra índole. Serviría para pasar página en el largo periodo de silencios cómplices (o simple traslado del culpable) conforme al viejo consejo de que la ropa sucia se lave en casa. Pero además, en la nueva línea de tolerancia cero, sería asimismo muy interesante saber cuántas denuncias han presentado las autoridades eclesiásticas ante la jurisdicción penal o la fiscalía, al menos cuando las presuntas víctimas son menores de edad y necesitan de especial protección. Y si los datos se completan hasta diez años atrás, mejor todavía.

Las leyes penales no distinguen según la condición de los investigados o posibles responsables. Incluso en el artículo 450 del Código Penal español tipifica una conducta que consiste en la omisión de los deberes de impedir determinados delitos o de promover su persecución. El principio de transparencia ha de tener también aquí, en los delitos de pederastia, la aplicación precisa para que todo ciudadano, y no sólo los católicos, confíen en que nadie, absolutamente nadie, recibirá un trato distinto o privilegiado.