Le Pen pierde, Macron gana y la bolsa baja

El partido de Marine Le Pen, populista si se quiere, xenófobo y poco amigo de la Unión Europea, no sólo fue el más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas sino también el que en la segunda vuelta ha obtenido un tercio de los votos emitidos. Son la mitad de los que optaron por Emmanuel Macron, brillante funcionario de 39 años pero cuya experiencia política apenas va más allá del haber sido ministro de Economía con Hollande.

El nuevo Presidente de la República no es líder ni de la derecha ni de la izquierda convencional en el país vecino, ni tampoco cuenta con el respaldo de un partido político propiamente dicho. “¡En marcha!” ha sido más bien un punto de encuentro para una mayoría de franceses que, aunque con ideologías muy variadas, comparten tanto su temor a Le Pen como la pérdida de confianza en quienes han gobernado la Francia de estos últimos años.

El ahora elegido es una carta casi en blanco. Se le considera, además de europeísta, como un poco conservador, liberal con reservas y socialdemócrata con matizaciones, todo ello simultáneamente. Esto significa que sólo en el futuro, a través de sus actos más que de sus palabras, conoceremos su verdadera ubicación en un tablero político donde el resultado de las elecciones legislativas de junio condicionará el rumbo definitivo del próximo futuro político de Francia.

En casi toda la Unión Europea, y particularmente en Bruselas y Alemania, se ha escuchado un respiro de satisfacción por el triunfo de Emmanuel Macron frente a Marine Le Pen pero, curiosamente, la bajada en las bolsas europeas ha sido generalizada y la mayor caída, de 0’9 puntos, se ha registrado en la bolsa de París. Quizá la aparente contradicción se deba a que los casi once millones de votos favorables a Le Pen hayan sido bastantes más de los esperados. La verdad es que nunca hasta ahora este partido había logrado un porcentaje tan alto en las urnas.

A semejanza de lo ocurrido en Holanda, los populistas franceses no alcanzan el poder, pero se acercan. Y seguirán aproximándose mientras que no se corrijan, en lo que sea justo y hacedero, las causas de ese amplio rechazo a los partidos tradicionales. Los problemas, en Francia, en Madrid o en China, se acrecientan cuando se mira hacia otra parte o sólo se les combate (es un decir) con buenas palabras, optimistas vaticinios y vagas promesas.