El concejal que se disfrazó de cura

Los ataques a la religión católica han dejado de ser noticia, lo que puede deberse tanto a haber disminuido su número como a su cansina repetición con o sin reproche penal. La irrupción de un grupo anticlerical en una capilla universitaria, cantando injuriosos pareados y exhibiendo algún que otro busto femenino, habría sido una simple falta de educación. Y el blasfemo espectáculo en la elección de reina homosexual o “drag queen” en Las Palmas de Gran Canarias, haciendo mofa de la Virgen y de Cristo Crucificado, apenas suscitó reacción alguna por parte de la jerarquía católica. Una misa de desagravio en la Catedral de dicha ciudad y poco más.

Con mayor rotundidad se expresó un representante de la comunidad musulmana en la isla. No sólo manifestó su repulsa por lo ocurrido, sino que advirtió también de que algo así, dirigido contra el islam o sus símbolos, habría tenido una respuesta inmediata y acorde con la enorme gravedad de la ofensa. No hace falta señalar que al parecer, y una vez más, el miedo guarda la viña. Estos ataques siempre van en la misma dirección, o sea, que se dirigen contra quienes, aunque protesten, lo hacen con sordina y poniendo la otra mejilla.

Ahora nos encontramos con que un concejal podemita de El Puerto de Santa María ha tenido la ocurrencia de disfrazarse de sacerdote (católico, naturalmente), para casar a sus vecinos. Alega, como disculpa, que eran amigos suyos y además se estaría en tiempo de carnaval. Eso justificaría que lo institucional y lo privado se mezclasen a voluntad en una representación aderezada con una pizca de burla a la religión católica. La farsa ha sido silenciada o ha pasado sin pena ni gloria por nuestros medios de comunicación.

Quizás estos sucesos ya no hagan tanta gracia como antes. O tal vez suceda que empezamos a entrar en razón, porque de la injuria permanente al odio no hay mucha distancia. Los españoles sabemos bastante de todo esto sin necesidad de recurrir a las discutibles enseñanzas de la Memoria Histórica. Hemos quemado iglesias cuando se presentó la ocasión y hemos asesinado a sacerdotes, monjas y obispos. Y también a otras muchas personas cuyo único delito consistía en ir a la misa.

Con tales antecedentes bueno sería abstenerse de ofender a lo más sagrado de una religión que, como la católica, ha condicionado nuestra cultura y es practicada hoy, en mayor o menor grado, por el 75 o el 80% de los españoles. Y valga recordar por último, como ejemplo de provocación gratuita, el declarado propósito de negar a los ancianos o inválidos la posibilidad de participar en la misa retransmitida por TVE. España tiene problemas más grave y resulta estúpido crear artificialmente otros en perjuicio de quienes practican su religión sin hacer daño a nadie.