Las campanas y la contaminación acústica

Valencia cuenta, como es natural, con muchas iglesias, pero hay una que está de actualidad porque, según dice la autoridad competente, sus tañidos de campana no es que molesten a los vecinos más próximos, sino que constituyen una inadmisible muestra de contaminación acústica con ribetes de delito ecológico. Las campanas suenan tres veces al día, hacia las ocho y media o nueve de la mañana, al medio día y al caer la tarde, un minuto escaso en cada ocasión. Algunos toques, como el del Angelus eran hasta ahora patrimonio común de la Cristiandad. Quien no ha paseado por París cuando la ciudad parece vibrar suavemente al son de sus campanas, no sabe lo que se ha perdido, sea católico, budista o ateo convencido.

Pero España es diferente, o lo son algunos de sus líderes políticos, sobre todo en los últimos tiempos. Se asaltan capillas, se injuria a la religión católica y todo vale gracias a una libertad de expresión sólo utilizada unidireccionalmente en materia religiosa. No hay algarabías, por ejemplo, contra la doctrina del Islam y no se conoce a ningún paladín (o paladina) del progresismo español que se haya acercado siquiera a una mezquita con la loable intención de echar sus tetas al aire para mejorar así la suerte de alguna musulmana que otra. Valga añadir, por lo demás, que no se trata de igualar por arriba sino por abajo. En lugar de extender a otras confesiones las ofensas contra la Iglesia católica, lo procedente sería no hacer excepciones en el respeto debido a cualquier religión.

Regresando al atentado acústico que se reprocha a una iglesia valenciana, la susodicha autoridad competente ha tomado, y notificado, el acuerdo de sancionar con seis mil euros el tañido de sus campanas. Ignoro en qué quedará esa amenaza de multa tras los previsibles recursos, pero el propósito de la Administración ha quedado suficientemente claro. Un castizo diría que, pase lo que pase, ya se le ha visto el plumero. Y aquí surge una pregunta. ¿Se habría actuado igual contra el muecín que con el obligado altavoz llamase a la oración desde el minarete de una mezquita?

No hay que ser adivino para imaginarse lo que el futuro nos puede traer en una sociedad con un componente musulmán cada vez mayor. Aunque todos somos iguales ante la ley, y las grandes religiones, al menos sustancialmente, también, cabe que la desigualdad se adelante a la ley misma. En Suiza, por ejemplo, han optado por abordar el problema prohibiendo la construcción de unos minaretes que, a su entender, serían elementos extraños en la historia, la cultura, la religión e incluso el paisaje de la Confederación Helvética. Quizá esta solución no sea la más acertada, pero ahí tienen nuestros políticos la oportunidad de buscar alternativas, si no es que prefieren dar tiempo al tiempo. Es decir, no hacer nada hasta que ya nada pueda hacerse.