El presidente Trump

Trump

El presidente norteamericano Trump es una personalidad preocupante, pero sus promesas electorales han recibido el respaldo de sus conciudadanos, por mucho que les pese, o nos pese, a quienes le criticamos desde fuera de los Estados Unidos. Tememos las repercusiones negativas de su política para el resto del mundo, si no es que también para los propios norteamericanos, empezando por unos votantes que habrían sido engañados por un mago del populismo más primitivo.

La verdad es que el Sr. Trump suscita el rechazo radical de amplios sectores de su país y no tiene buena prensa, ni siquiera regular, en el resto del mundo, a salvo tal vez el Reino Unido y Rusia. O entre los populistas que, entreverados de nacionalismo, se extienden como mancha de aceite desde Francia a Polonia y Hungría, pasando por Austria y otros estados del viejo continente.

Excepciones a un lado, lo normal por estos pagos europeos, y especialmente en España, es ver en el rubicundo líder republicano una mezcla de bocazas, maleducado (peor aún que el Jruschov del zapatazo en las Naciones Unidas), machista, racista de piel blanca y visionario economista (pese a su éxito en las finanzas de una sociedad liberal por excelencia).

Como aquí vale todo, se repite con machacona insistencia que su esposa es lituana de nacimiento y que el mismo Trump desciende de alemanes, algo que puede dar mucho juego, si bien éste no sea el momento de entrar en detalles. Inmigrantes viejos, pero no mucho, contra inmigrantes nuevos como cuñas de la misma madera. Nada de eso importa, sin embargo, para reconocer que a ellos, y no a nosotros les corresponde pronunciarse sobre la construcción del muro de tres mil kilómetros, mil de ellos ya levantados, junto al Rio Grande del Sur. Cada país tiene el derecho y el deber de controlar sus fronteras y los flujos de inmigrantes. No es cosa de perder el tiempo desmontando la utopía de las puertas abiertas de par en par. Ahí tenemos las vallas de Ceuta y Melilla, sin las que bien podrían haber llegado a España millones de norteafricanos o subsaharianos como manifestación sociológica de los vasos comunicantes. Nuestro ejemplo no nos permite dar muchas lecciones al prójimo.

Mejor sería presionar para mantener abiertos el mayor número posible de controles fronterizos, obtener facilidades materiales para su ágil funcionamiento y procurar que la cifra de inmigrantes legales sea alta. Dados esos presupuestos, los principales perjudicados por la nueva política fronteriza de Estados Unidos serían los traficantes de hombres.

Por lo demás, en cuestiones como la denuncia de pactos o tratados internacionales en materia de libre comercio, por ejemplo, sabido es que los gobernantes de cada país tienen asimismo la obligación de poner los intereses propios por encima de los ajenos. Puede salirles la criada respondona, pero no somos nosotros, presuntos damnificados por esos cambios, los más autorizados para dar lecciones. En cuanto a la OTAN, podemos preguntarnos si sus gastos, y sus muertos, no recaen desproporcionadamente sobre las espaldas norteamericanas. A lo peor resulta que sí.

En fin, preocupación mucha, pero sin olvidar que a Trump le han elegido libremente sus conciudadanos a partir del mismo programa que ahora está llevando a cabo. No me considero un “advocatus diaboli” sino, a lo sumo, un espontáneo abogado de oficio para quien ha sido condenado demasiado pronto y con evidente parcialidad en la Vieja Europa. Carmena, la alcaldesa de Madrid, ya le ha comparado con Hitler, pero podía haberlo hecho también con Stalin u otros matarifes de la extrema izquierda. En todo caso, una estupidez.

Sobre el autor de esta publicación