La expansión de Israel en los Territorios Ocupados

La expansión de Israel en los Territorios Ocupados

Pocos son los países que siguen discutiendo la realidad misma de Israel. Las Naciones Unidas acordaron en 1947 la partición de Palestina en un estado árabe y otro judío, e Israel declaró su independencia un año después. Aquella posición radical es hoy compartida casi exclusivamente por algunos países islámicos, en parte porque el Holocausto, una tragedia humana de dimensiones nunca conocidas, no fue obra de fanáticos musulmanes sino de la Alemania nacionalsocialista, y en parte, también, porque la recreación de Israel en tierras palestinas suponía dividir el antiguo mandato británico contra la voluntad de la inmensa mayoría de quienes allí habitaban desde hacía siglos.

Los enfrentamientos bélicos entre Israel y los árabes palestinos, ayudados por Egipto, Jordania, Siria e incluso Irak, terminaron siempre con la victoria israelí. Ello supuso la ocupación de toda la ciudad de Jerusalén, de Cisjordania, hasta el río Jordán, de la Franja de Gaza, al norte de Egipto y paralela a la costa, del desierto egipcio de Sinaí y de los Altos del Golán sirios. Pasado algún tiempo, Israel firmó la paz con Egipto, devolviéndole el Sinaí, normalizó también sus relaciones con Jordania y evacuó unilateralmente la Franja de Gaza. Pero el problema nuclear de Palestina, el de los Territorios Ocupados y Jerusalén Oriental, continúa enquistado, sin que se atisbe solución alguna en un futuro próximo.

Por mucho que se aspire a que convivan pacíficamente un estado judío (Israel) y otro palestino (Palestina), los avances en esa dirección son muy modestos. Las Naciones Unidas, a las que el nuevo Israel debe su existencia, le exige que respete los límites territoriales de 1967, acabadas ya aquellas guerras, pero las conversaciones de paz no progresan. En su día se tropezó con el escollo del terrorismo, actualmente casi desparecido tras la construcción de un muro fronterizo con Cisjordania. Hoy los principales obstáculos son los asentamientos en los Territorios Ocupados y la pretensión israelí de establecer la capital del Estado en una Jerusalén única e indivisible.

Y mientras tanto, el tiempo corre contra las justas demandas palestinas. Las centenares de miles de familias que huyeron de las guerras, y a las que no se les ha permitido regresar, van cayendo en el olvido. Por el contrario, lo que sigue de actualidad y en sentido ascendente es la colonización de los Territorios Ocupados, donde los asentamientos israelíes, todos ilegales para el derecho internacional, han tejido una red que dificulta, si no imposibilita, la creación de un Estado Palestino mínimamente viable.

La controversia sobre el expansionismo israelí se ha recrudecido en las últimas semanas. De un lado, por primera vez el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha condenado expresamente los asentamientos gracias a la abstención de los Estados Unidos, reforzando así las múltiples declaraciones ya emitidas a nivel inferior. De otro, el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, proclama su intención de trasladar la embajada norteamericana desde Tel Aviv a Jerusalén, lo que tiene mucho de provocación. Y todo esto mientras el Papa Francisco recibe en audiencia al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, con motivo de la apertura de su representación diplomática ante la Santa Sede.

Creo que se puede defender con toda firmeza la existencia de Israel, así como su derecho a la seguridad nacional frente a unos enemigos que desearían borrarlo del mapa y, al mismo tiempo, censurar todo lo censurable en su relación con ese resto de Palestina del que se van apropiando progresivamente. Parece que los “colonos” –palabra poco presentable en el siglo XXI- se acercan al medio millón. Huelgan ulteriores comentarios.

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