El asalto a una capilla católica

Antes de criticar una sentencia conviene adelantar que se acata aunque el comentarista no haya sido parte del proceso judicial ni se vea afectado directamente por aquella resolución. Es un brindis al sol que no cuesta nada y queda bien como políticamente correcto. Sigo, pues, la costumbre y añado el mayor respeto para los magistrados de la Audiencia Provincial que absolvieron a Rita Maestre, actual portavoz del Ayuntamiento de Madrid, por un delito contra los sentimientos religiosos de los católicos. La sentencia de primera instancia había sido condenatoria y el Fiscal había solicitado su confirmación al ser recurrida.

La Audiencia Provincial entendió que la acusada no cometió delito alguno cuando, formando parte de un grupo de jóvenes (o jóvenas) irrumpió en la capilla del campus universitario de Somosaguas, de la Universidad Complutense de Madrid, para montar un espectáculo que tuvo la prevista resonancia en los medios de comunicación. Con los pechos al aire o sólo con el sujetador, como fue el caso de Rita Maestre, leyeron un manifiesto contra la doctrina de la iglesia en materia sexual, a la vez que portaban una imagen del Papa con una cruz gamada. Luego, abandonaron la capilla gritando ingeniosos pareados: “Vamos a quemar la Conferencia Episcopal”, “contra el Vaticano, poder clitoriano”, “arderéis como en el 36”, “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios” y otros por el estilo.

La sentencia admite que al ocurrir los hechos había algunas personas rezando en el interior de la capilla, “quienes en buena lógica pudieron sentirse molestas e incluso ofendidas por la acción llevada a cabo”. Considera, sin embargo, que todo habría sido una profanación virtual o gestual, pero no una profanación real, puesto que los intrusos no llegaron a entrar en contacto con ningún objeto sagrado. En consecuencia, “desde un punto de vista estrictamente técnico jurídico, sin valoraciones adicionales, no se habría producido la profanación que exige el delito contra los sentimientos religiosos tipificado en el artículo 524 del Código Penal”. Es decir, que la conducta de los alborotadores no sería precisamente ejemplar pero tampoco merecería reproche penal alguno.

A partir de ahora, ya saben hasta dónde pueden llegar quienes deseen divertirse un poco en una capilla católica o -¿por qué no?- en una catedral, a ser posible durante una misa solemne. Se admite también el “streaptease” de baja intensidad. La seguridad jurídica tiene su importancia, más, por lo que se ve, que la libertad religiosa que nuestra Constitución garantiza al mismo nivel que la libertad de expresión.

Pero no se engañe el lector. Una cosa son los centros católicos de culto y otra las sinagogas o las mezquitas, en las que por razones desconocidas no se producen estos incidentes. Ignoramos si, en su caso, quedarían impunes como atentado contra los sentimientos religiosos, pero pudiera ocurrir que a la condena por ese delito se sumara otra por incitación al odio. Y, por descontado, se ofrecerían inmediatas disculpas a Israel o a los países musulmanes.