Miguel de Cerbantes Saavedra

Han encontrado en el Archivo del Reino de Valencia una firma autógrafa de D. Miguel de Cerbantes (con “b”) Saavedra, al parecer la más antigua de las muchas conocidas hasta ahora y, como en todas las demás, con una “b” en su primer apellido. La misma grafía utilizada en el logotipo de la Plaza de Cervantes, de Alcalá de Henares, en 1997, cuando se celebraba el 450 aniversario del nacimiento de nuestro Príncipe de las Letras.

Ahora, a propósito del 400 aniversario de la publicación de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, la cuidada y actualizada edición de Pollux Hernúñez y Emilio Pascual, con bellas ilustraciones de Miguel Angel Martín, retoma la “b” que el escritos empleó toda su vida. Una buena ocasión para ocuparse de la generalizada conversión de Cerbantes a Cervantes a su paso por la imprenta y en los siglos posteriores.

Verdad es que sólo la primera regulación ortográfica de la Real Academia de la Lengua en el siglo XVIII puso coto, o lo intentó, a la libre voluntad del escritor, escribidor o escribiente. El propio Cerbantes no se tomaba muy a pecho los signos de puntuación, unía algunas palabras y empleaba las mayúsculas sin un criterio determinado. Pero una cosa es unificar la ortografía de una lengua y otra muy distinta modificar el apellido de un autor. Y algo similar puede decirse respecto a los intereses de los editores en la promoción de sus ventas.

Hay quienes aducen que en aquellos tiempos la “b” y la “v” sonaban igual, por lo que una u otra letra se utilizaban a capricho, pero lo lógico sería entonces respetar el capricho de quien llevaba ese apellido. Y más, teniendo en cuenta que esa misma persona siempre escribió su segundo apellido, Saavedra, con “v”, lo que demuestra que él sí distinguía bien entre ambas letras.

Tampoco convence el argumento, más erudito, de la homologación conforme a las nuevas reglas ortográficas por las que procedería poner una “v” después de una consonante líquida como “r” o “l”. Se olvida el argumento de que el apellido Cervantes, con “v”, aparecía ya en las primeras ediciones de sus novelas y demás trabajos. Y eso de las consonantes líquidas no impide que en castellano tengamos palabras como arbusto, árbitro, cerbatana, soberbia, perborato, verbo o garbanzo.

Don Miguel se llamaba -él mismo- Cerbantes Saavedra y su voluntad debe estar por encima de cualquier viejo interés empresarial o cualquier posterior disquisición académica.