Football Leaks: el ruido y las nueces

Como fruto del trabajo conjunto de diversos medios periodísticos, entre ellos El Mundo, y bajo la dirección de la revista alemana Del Spiegel, una de las de mayor prestigio en toda Europa, ha salido a la luz otro escándalo sin fronteras, esta vez en el ámbito deportivo. Nombres tan conocidos como los de Ronaldo y Mouriño encabezan una larga lista. De nuevo la evasión de impuestos, los paraísos fiscales y la ingeniería financiera y societaria al servicio de las grandes fortunas. Tendremos noticias y comentarios durante algún tiempo. La Hacienda española y las de otros países investigarán con mejor o peor fortuna, pero también puede que algunas de ellas lo hagan con una desgana perfectamente descriptible.

Habrá editoriales fustigando los sucios tejemanejes de estos ídolos futbolísticos, como los ha habido respecto a la corrupción política. Se trata de espectáculos lamentables, pero no se debe generalizar alarmando innecesariamente a la opinión pública. Los corruptos no dejarían de ser un pequeño número de personas concretas cuyas censurables conductas serían las consabidas excepciones que confirman la regla general del comportamiento intachable.

Además, habrá que respetar con exquisito cuidado la presunción de inocencia del personaje en entredicho. Con la habitual lentitud de nuestra Administración (incluida la deportiva), y de nuestra Justica, más los muchos recursos (unos procesales y otros en metálico) de los que suelen disponer los implicados, no es atrevido vaticinar que tampoco esta vez entrará nadie en la cárcel como ocurriría con quien roba una gallina saltando previamente la tapia del corral.

Las multas, de haberlas, se pagan con parte de lo defraudado, y todos tan contentos. La previsión para el medio y largo plazo, como se dice en bolsa, es que el defraudador siempre gana y seguirá ganando mientras que estos caballeros de cuello blanco y dinero negro confíen con toda razón en que las prisiones no se han hecho para ellos. Después de todo, ni siquiera son culpables de nada. Se limitaron a solicitar los bien pagados servicios de una asesoría para la mejor inversión de su dinero dentro -¿cómo no?- de lo permitido por la ley. A partir de este planteamiento será difícil encontrar alguna responsabilidad en el comportamiento del cliente.

Y aún cabe que un buen abogado encuentre algún resquicio legal para beneficiar a su defendido con una nueva doctrina que, de paso, mejorará la vieja jurisprudencia, errónea como ahora se demuestra. La Justicia también gana con esa corrección y, además, se enriquece con un nombre propio.

¿Se acuerdan los lectores de los papeles del Lichtenstein? ¿Y de los papeles de Panamá? ¿Cuántas personas cumplen por ellos alguna pena en nuestras prisiones? ¿Cuántos defraudadores vieron, al menos durante unos días, una cárcel por dentro? ¿Por qué habría de ocurrir algo distinto en esta ocasión?

Valga terminar como se adelanta en el título de este artículo. Volveremos a tener mucho ruido mediático pero pocas nueces en forma de condenas. Al final, un escándalo más que dejará, como otros muchos, un mal recuerdo en la memoria colectiva de una ciudadanía incapaz de comprender la diferencia de trato entre el tradicional robaperas y el hombre ilustre que defrauda millones o cientos de millones de euros destinados a las arcas públicas. Las mismas que permiten pagar la enseñanza, los hospitales y tantos y tantos servicios esenciales en un país que no anda sobrado de dinero. Claro, que también hay enseñanza privada, medicina privada, seguridad privada y hasta aviones privados. Todo ello de la mejor calidad.