La Unión Europea, Merkel y Erdogan

El Parlamento de la Unión Europea carece de competencias ejecutivas, pero ha recomendado la congelación de las negociaciones para el posible ingreso de Turquía en tan selecto club de naciones donde el respeto a los derechos fundamentales de las personas es una condición “sine qua non”. El motivo sería la desproporcionada respuesta al último intento de golpe de Estado en Turquía y la progresiva deriva del país hacia un régimen totalitario. La réplica del presidente Recp Tayyi Erdogan no se ha hecho esperar: “Si continúan ustedes por ese camino, abriremos las fronteras a los refugiados. Tomen buena nota de ello”. O sea, que corre peligro el acuerdo para impedir que quienes llegan a Turquía en tránsito hacia el corazón de la vieja y rica Europa vuelvan arriben masivamente a las islas griegas del mar Egeo.

Ni la Unión Europea, ni el propio presidente Erdogan, ni la canciller alemana Angela Merkel lo tienen fácil. El líder turco, porque está en juego su credibilidad como discípulo aventajado de Mustafa Kemal Atatürk, el padre de la patria, aunque ahora se propugne una mayor presencia del Islam en la vida institucional y privada. Y la señora Merkel porque desde que abrió las fronteras a casi un millón de musulmanes, sin control alguno e infringiendo la propia normativa europea, ha visto cómo su popularidad ha bajado muchos puntos.

La canciller alemana acaba de anunciar que se presentará a las próximas elecciones generales, y es evidente que una nueva ola de refugiados aumentaría su desgaste. No sólo se trata del coste económico y del rechazo cada vez mayor por parte de un sector de la población que teme por su propia identidad alemana, sino también del fiasco público que supuso tener que asumir algo tan elemental como que la capacidad de acogida es siempre limitada, que cada país debe ser muy libre de decidir sobre ese particular y que únicamente el efectivo control de las fronteras, incluida en su caso la instalación de alambradas u otros obstáculos físicos, permitiría cerrar la ruta de los Balcanes. Así lo hizo Hungría, piedra de escándalo en su momento.

La señora Merkel confiesa que no dispone de ningún plan B para resolver los problemas que plantearía la denuncia del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía. Se calcula que hoy pasan de 200.000 los fugitivos retenidos en dicho país, mientras que serían unos tres millones los refugiados en aquellas tierras, a la espera de regresar a sus casas cuando Dios o Allah lo quieran.

Acabemos con un apunte de la actualidad política alemana. Una encuesta publicada en el último número de la revista “Stern” revela que los cristianodemócratas (CDU-CSU) seguirían siendo el partido más votado, con un 36%, mientras que los socialdemócratas (SPD) mantendrían el segundo puesto con un 23%. Es Alternativa por Alemania (AfD) quien daría una sorpresa muy relacionada con aquélla inmigración masiva a la que dicho partido se opone frontalmente. La nueva formación política se coloca en el tercer lugar con un 10% de votantes, ex aequo con otros dos partidos de tanta enjundia hasta ahora como los Verdes y La Izquierda, y a bastante distancia del Partido Liberal con sólo un 5%.

Hay nubarrones en el horizonte europeo y lo pasado puede repetirse en forma de pesadilla.