El castellano progresa adecuadamente

No es la primera vez que publico en este diario una columna sobre las aportaciones político-sexológicas al idioma oficial de España, pero éstas siguen fluyendo como manantial que no cesa. Oídas o leídas las más recientes, me he decidido por ofrecer al lector una segunda edición donde algunos viejos ejemplos han desaparecido para dejar sitio a las pintorescas ocurrencias de última hora.

Salvo error u omisión, el primer nombre ilustre en la modernización del castellano durante los últimos años fue el de Carmen Romero, profesora de Lengua y Literatura Española. La esposa del entonces Presidente del Gobierno, impulsada seguramente por el loable deseo de poner fin a la ancestral discriminación identitaria de la mujer, llegó a una conclusión muy razonable. Si hay jóvenes, también debe haber “jóvenas”. Por algo se empieza.

Más tarde, Bibiana Aído, ministra de Igualdad, no quiso ser menos, aunque su formación tuviera que ver más con el folklore que con el estudio de las Letras, y acuñó un nuevo vocablo, admirable para dar visibilidad al sexo femenino en el lenguaje, pero no muy grato al oído. El Gobierno sería un órgano sexualmente dual con miembros y “miembras”.

Una tercera innovación fue obra de Susana Díaz, que posteriormente ha llegado a ser presidenta de la Junta de Andalucía. El partido socialista dispondría, así como suena, “de los mejores y mejoras candidatos y candidatas”. Su particular mérito estriba en que desde la simple invención de una palabra ajustada a la división del personal en los sexos masculino y femenino, se avanza hacia la más complicada redacción de frases inspiradas en el mismo principio.

Enrique Abad, entonces senador y portavoz de Defensa del grupo socialista del Congreso, tuvo la feliz idea de llevar al Ejército el nuevo pensamiento supuestamente progresista. Junto al soldado estaría “la soldada”. Lástima que le faltara el impulso suficiente para seguir con “la caba” “la sargenta”, “la coronela” y así sucesivamente. Sin olvidar el lío de “la brigada” y “el brigado”.

Felipe González nos sorprendió con la palabra “austericida”, pero no para referirse a la muerte de la austeridad, sino todo lo contrario. Era un reproche al presidente Rajoy por sus recortes y política económica de puño cerrado. El vocablo tuvo, no obstante, alguna aceptación.

El socialista madrileño Eduardo Madina nos deleitó con sus “secretarias de área y secretarios de áreo”. E Iñigo Urkullu, presidente del País Vasco, inició algún discurso con un “nosotros y nosotras”, quizás como eco de aquel “vamos a dar lo mejor de nosotros y nosotras”, que había dicho no sé quién.

Con todo, es en un documento oficial de una comunidad o ciudad autónoma, cuyo nombre prefiero silenciar, donde el sexismo gramatical alcanza cotas inimaginables hasta ahora. La igualdad de género se extiende a los animales. Al reglamentarse su protección nos encontramos con “los perros/as, los gatos/as y los hurones”. Las huronas sufren un agravio comparativo.

La última aportación al castellano moderno nada tiene que ver, sin embargo, con el sexo o los géneros gramaticales. El día 17 de este mismo mes de noviembre, el presidente de la Generalitat catalana afirmó durante un acto en el que coincidió con Su Majestad el Rey, que “el Estado ha negligido en sus deberes respecto a Cataluña”. La cita procede literalmente de un gran diario da ámbito nacional. Bueno es que también los separatistas de la inmersión lingüística en catalán contribuyan a mejorar el legado de Cervantes. El verbo “neglijar” no es moco de pavo.