Tedium vitae y derecho a morir

La eutanasia es, según el Diccionario de la Real Academia, “la acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él”. Pero aquí sólo nos ocuparemos del primer supuesto en relación con el discutidísimo derecho a morir.

La cuestión ha sido objeto de continuos debates desde la antigüedad hasta hoy, una controversia a la que no han sido ajenas aquellas doctrinas para las que, como sucede con en el catolicismo, la vida sería un regalo de Dios, por lo que sólo Él podría disponer de la misma. Sin embargo, no han faltado entre nosotros algunas brillantes aportaciones “paganas” como la del ilustre penalista Jiménez de Asúa, hace ya casi un siglo, en su famosa obra “Libertad de amar y derecho a morir”.

La cosa es que, al margen de dichas reservas, limitadas a quienes practican la correspondiente religión, resulta humanamente comprensible que el suicidio, como acto voluntario en relación con la propia vida, pueda ser un derecho personalísimo, irrenunciable e intransferible, al menos en determinadas circunstancias de enfermedad terminal o productora de graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar.

De hecho, desde nuestro Código Penal de 1848 hasta el vigente de 1995 el suicidio no ha constituido ni constituye delito alguno, sea cual fuese su motivación. Su tentativa queda impune. Sólo se tipifican penalmente la inducción y la colaboración activa al suicidio, como sucede en otros ordenamientos. Tampoco se castiga a quien consume drogas y sí al que se las proporciona, al igual que la prostitución no es delito aunque se persiga al proxeneta. Pero pasemos a las últimas novedades que nos llegan de Holanda.

Se tramita actualmente en los Países Bajos un anteproyecto o proyecto de ley regulando la muerte voluntaria de aquellas personas que la deseasen, no por las enfermedades o dolores arriba mencionados, sino por un profundo y acreditado hastío de la vida o tedium vitae que -y aquí radica una importante objeción a la propuesta- algún parentesco presentaría con las cada vez más frecuentes depresiones anímicas en la sociedad moderna. La iniciativa, pionera en la materia, reactiva el debate sobre el derecho a morir, sea en general o sólo en los supuestos legalmente previstos.

Por lo demás, admitido tal derecho, mal cabría discriminar después a quienes por la edad, discapacidad física u otra circunstancia similar únicamente podrían ejercerlo con la ayuda de terceros. Recuérdese la igualdad ante la ley. Si se camina en esa dirección se mantendría el delito de inducción al suicidio pero no el de cooperación cuando se han cumplido todas las garantías legales para asegurarse de que la decisión es irrevocable y se ha tomado con plena libertad. Algo así tenemos ya, salvando las distancias, en el ámbito del aborto a iniciativa de la mujer.