La actualidad de Franco en Barcelona

Franco

No sé exactamente cómo se llama la exposición que, organizada por el Ayuntamiento de Barcelona, tenía a su puerta la estatua ecuestre de un Franco descabezado, ni es algo que me importe mucho, pero sí quiero dejar constancia de que una cosa es rememorar los largos años del franquismo, fruto de un golpe de estado contra el gobierno legítimo de la República, y otra hacerlo como se hecho en esta ocasión. Por respeto, precisamente, a los centenares de miles de muertos que fueron víctimas de la guerra civil, en los frentes o a manos de los asesinos de ambas retaguardias, o durante la represión de la postguerra, nuestra tragedia merece un tratamiento más serio.

En otros países no arreglan cuentas con el pasado exponiendo a los muertos en la picota pública para que cada cual reaccione a su gusto, tirando huevos, utilizando una muñeca hinchable como juguete sexual del fallecido dictador, o acudiendo a cualquier otra vejación más o menos escatológica con los salivazos y los orines como platos fuertes. Lo ocurrido en la Ciudad Condal recuerda lo sucedido en su día con las estatuas de Saddam Hussein. Es seguro que quienes pisoteaban sus restos o escombros en poco o en nada habían contribuido hasta entonces para derrocar al tirano. Los alardes de valentía a toro pasado no sólo carecen de todo mérito, sino que repugnan.

Tampoco fue un comportamiento ejemplar el de los enemigos de Gadafi que, una vez caído éste, le sometieron a toda clase de torturas, entre ellas la sodomización con un palo. Y el hecho de que Ceaucescu, Presidente de Rumanía durante el régimen comunista, pudiera ser condenado a muerte no impide lamentar que su ejecución se decidiera en una confusa parodia de juicio como mero trámite. Es probable que los mayores criminales europeos del siglo pasado, Hitler y Stalin, o al revés, no hayan sido objeto en Alemania o en los países de la antigua URSS de escarnios callejeros por iniciativa de los ayuntamientos de Bonn, Berlín, Moscú o Kiev. Los millones de muertos que dejaron tras de sí no se prestan a espectáculos populacheros como el de Barcelona. Con la agravante esta vez de que Franco hacía ya mucho tiempo, unos cuarenta años, que murió en la cama.

A nuestro dictador le gustaba decir que sólo respondía ante Dios y ante la Historia, olvidando que los españoles somos los primeros en tener derecho a conocer cuánto pasó durante el gobierno del Caudillo de España por la gracia de Dios, según se leía en las monedas de la época. Pero de la libre crítica, condena histórica incluida, hasta el esperpéntico espectáculo barcelonés hay una distancia que nunca debe ser recorrida en un país civilizado.

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