El sexo de los ángeles

San Antonio de la Florida

Hablar del sexo de los ángeles es frase coloquial para referirse a la pérdida de tiempo, como la bizantina discusión acerca del número de ángeles que podrían posarse en la punta de un alfiler. Pero también es cierto que las tres grandes religiones de libro, el judaísmo, el cristianismo y el islam, tienen sus ángeles (a veces repetidos), y en las tres se han realizado muy profundos estudios sobre estos seres celestiales.

Por lo que atañe a la angelología cristiana, han bastado unas cuantas frases del Viejo y Nuevo Testamento (Génesis, Isaías, Ezequiel, Apocalipsis, Epístolas de San Pablo a los Efesios y a los Colonenses, y poco más) para que se haya elaborado una tabla gradual con tres jerarquías divididas a su vez en tres grupos. Forman la primera, de arriba a abajo, los serafines, los querubines y los tronos. En la segunda se integran las dominaciones, las virtudes y las potestades. Y en la tercera se ubicarían los principados, los arcángeles y los ángeles ordinarios.

Tras la sorpresa que producen tan detallada clasificación y las definiciones o circunstancias de cada peldaño de la escalera, llama la atención que sólo haya ángeles femeninos, al menos gramaticalmente, en la segunda categoría, mientras que en la primera y tercera se utiliza el masculino. La realidad es, sin embargo, muy esclarecedora.

Todos los ángeles que significan algo para los creyentes son varones: los serafines, los querubines, los arcángeles y los ángeles a secas. La mentalidad patriarcal en los albores de las tres religiones no abría ningún resquicio a las ángelas. A lo más que llegaron la pintura y la escultura cristianas fue a la representación de ángeles sexualmente equívocos. Sirvan de ejemplo los salidos del cincel de Salzillo, inseparables de las procesiones de la Semana Santa en Murcia. El atuendo normal de un arcángel son las botas altas y un jubón cuyo quitar y poner no se compadece bien con sus grandes alas. Por no hablar de los serafines que, según el profeta Isaías (6:1-7), no tienen dos alas sino seis, dos para volar, dos para proteger sus rostros del intenso resplandor divino y dos para cubrir los pies por una razón que no consta.

La cuestión del sexo de los ángeles se complica, sin embargo, cuando uno se encuentra en la cúpula de la madrileña ermita de San Antonio de la Florida, como le ha ocurrido hace poco al autor de estas líneas, un grupo de bellas mujeres aladas, obra de Francisco de Goya. Esas imágenes, y no sé si alguna otra de la que no tengo noticia, rompen la tradición del ángel masculino. Es seguro que nuestro pintor no pensó nunca en lo que darían de si el feminismo del último siglo, la igualdad de géneros y el nuevo protagonismo del antes llamado sexo débil. Pero sus ángeles de San Antonio de la Florida pueden llevar, como viaje al pasado en la máquina del tiempo, a una relectura de los sucesos de Sodoma y las tribulaciones de Lot.

El marido de la que luego, en otro milagroso episodio, se transformó en estatua de sal, había acogido en su casa a dos ángeles cuya belleza encandiló a los varones del lugar. Tanto, que el buen hombre trató de calmarlos ofreciéndoles a sus dos hijas, muy aparentes ambas, y que aún no habían conocido varón, para que hicieran con ellas lo que quisieran (sic) a cambio de que dejaran a los ángeles en paz. Aunque resulte un poco raro para lo que hoy entendemos por buen padre, el escabroso relato puede consultarse en el capítulo 19 de Génesis. El resto importa poco en este caso. Solo se quiere apuntar la posibilidad de que los sodomitas no fueran homosexuales sino despendolados aspirantes al conocimiento, en sentido bíblico, de dos bellísimas ángelas que llegaron a su pueblo sin saberse porqué ni para qué.

Quizás estas líneas sobre el sexo de los ángeles sean como una ráfaga de aire fresco que nos ayude a soportar mejor la somnífera monotonía del espectáculo público que padecemos desde hace diez meses. Más o menos, porque ya no me acuerdo bien.

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