La Alcaldesa, los periodistas y las putas

Carmena

No hay duda de que un alcalde o una alcaldesa son elegidos para, fundamentalmente, gestionar las finanzas y los servicios municipales, pero resulta más discutible que les corresponda impartir doctrina en otras cuestiones como “el abordaje de la prostitución y la trata de seres humanos con fines de explotación sexual”. El entrecomillado recoge las palabras o al menos el pensamiento de Manuela Carmena, la alcaldesa de Madrid, en una reciente Guía puesta a disposición de los periodistas con la loable finalidad de ayudarles en su tarea profesional.

Se comprende que guste más pontificar sobre tal cuestión, aprovechando las facilidades del cargo, que enfrentarse a los socavones y la creciente suciedad de las calles y plazas, pero eso no es una justificación para predicar sobre ética periodística y dar lecciones sobre cómo debe resolverse o paliarse el problema conforme al particular criterio del alcalde o la alcaldesa de turno. El fenómeno de la prostitución es demasiado complejo como para tratarlo dogmáticamente según una opinión tan discutible como personal pese a las muchas plumas supuestamente oficiales con las que se pretenda adornarlo.

A las Cortes Generales les compete legislar sobre los aspectos más preocupantes de la prostitución, como los riesgos evidentes de explotación sexual o tráfico de personal en dicho ámbito, o aprobar una ley general a semejanza de las que ya existen en otros países o la que desde julio de 2017 estará en vigor en Alemania. Las ordenanzas municipales pueden, efectivamente, aportar su granito de arena para, por ejemplo, sacar la prostitución de las vías públicas o alejarlas de los colegios, pero poco más. Las izas, rabizas y colipoterras, por utilizar las palabras de Camilo J. Cela, siguen ofreciendo sus servicios a plena luz del sol en la capitalina calle Montera o en cualquier otro lugar que les plazca. La pasividad municipal en la realidad nuestra de cada día no se compensa con guías, consejos, prédicas o sermones a los periodistas. Aunque cuente con el asentimiento o colaboración de la Asociación de Prensa de Madrid.

La guía merece además algunas críticas como muestra de dos males que crecen exponencialmente y no son patrimonio exclusivo de la izquierda. El primero es el de la pedantería barata. Contra el uso de los nombres utilizados en el castellano de toda la vida, se acude al circunloquio o perífrasis conforme a la regla de cuanto más largo mejor. En lugar de puta debe decirse y escribirse “mujer en situación de prostitución”. El funcionario sería así un “hombre o mujer en situación funcionarial”. La definición en lugar de la palabra definida. La segunda objeción se refiere al adoctrinamiento ideológico que, aunque sea a un modesto nivel, impregna la Guía. No son lecciones de deontología lo que esperamos del Palacio de Cibeles, sino una buena gobernanza del municipio.

Uno está ya un poco harto de tanta palabrería pretendidamente ilustrada. “La culta latiniparla” de Quevedo no ha perdido actualidad. Al contrario, se ha enriquecido con nombres propios de la España del siglo XXI.

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