La Primera Comunión y la Administración de Justicia

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Afirma el diario ABC que “la decisión de la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca de obligar a una niña a hacer la Comunión ha reabierto el debate sobre la libertad religiosa de los menores”. Ni he leído la resolución judicial ni voy a entrar en esa faceta de la libertad religiosa, pero sí quiero salir al paso de una pretendida obligación impuesta judicialmente a la niña. La literalidad de la cita quizás sólo sea un resumen poco feliz de lo ocurrido.

Creo que lo único debatido en aquel incidente procesal fue si la niña podía recibir la Primera Comunión, según deseaba el padre, o si había de prevalecer el rechazo por parte de la madre. Los jueces se pronunciaron a favor de la primera opción con varios argumentos de peso. Los padres, hoy separados, están bautizados, se casaron por la iglesia y bautizaron a su hija. La Primera Comunión de la menor únicamente sería un paso más dentro de una religión ya determinada. Y se añade que la recepción de este sacramento nunca produciría un perjuicio en quien lo recibe.

El problema no radica tanto en la aplicación del artículo 14 de la Convención de los Derechos del Niño, exigiendo que también se tenga en cuenta la voluntad del niño en este aspecto de la libertad religiosa, como en el respeto que el propio sacramento de la Comunión merece. A la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca no le corresponde decidir si la niña hará la Primera Comunión o no, sino si puede hacerla. La Audiencia Provincial se limita a abrir la posibilidad de su celebración, pero la niña dirá la última palabra.

A la Primera Comunión, como a la confesión, el matrimonio o la ordenación sacerdotal, no se va contra la voluntad de quien recibe el sacramento. Atrás quedaron los tiempos en los que las prácticas religiosas no siempre eran voluntarias. Recuérdese la asistencia a misa, con arrodillamiento incluido, como obligación cuyo incumplimiento se castigaba disciplinariamente en cuarteles y establecimientos penitenciarios.

La recepción de la comunión en pecado mortal es un sacrilegio y todo niño con capacidad cognoscitiva y volitiva para comulgar la tiene también para pecar, confesarse o no y, consiguientemente, para plegarse o no a los deseos de su padre. Según el citado artículo 14 de la citada Convención, “el niño tiene derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión bajo la dirección de su padre y su madre, y de conformidad con las limitaciones prescritas por la ley”. Con respeto absoluto a los preceptos de cada religión en particular, naturalmente.

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