Epílogo al caso Soria

Soria

Sirvan estas líneas de desahogo personal, porque sigo sin entender las prolijas y reiterativas explicaciones del ministro de Hacienda, señor Guindos, sobre las últimas tribulaciones del señor José Manuel Soria, ministro de Industria en su día. Si la propuesta a favor de este último para el puesto de director ejecutivo del Banco Mundial era técnica y discrecional pero no política, lo que interesaría saber es si se cumplió fielmente con los trámites previstos (publicidad en la convocatoria, etc.) y, en caso afirmativo, si la discrecionalidad no incluyó elementos políticos.

Aunque la excedencia especial o los servicios especiales permitan continuar progresando en el escalafón y en los trienios, no parece que los trabajos en la administración municipal, en la autonómica o en un ministerio sean siempre equiparables al efectivo ejercicio profesional. Es una lástima que la cacareada transparencia de la Función Pública quede a veces en papel mojado por eso de la protección de datos, la defensa de la intimidad y alguna otra argumentación en esa línea. Don Quijote le advirtió a Sancho de que no convenía topar con la iglesia. El encontronazo se produciría hoy con los derechos fundamentales de las personas según la interpretación que, correcta o no, convenga en cada supuesto a quien puede imponer su criterio.

Total, mucho ruido y pocas nueces. Las explicaciones del ministro Guindos, primero en la comisión correspondiente del Congreso de los Diputados y después en algún espacio televisivo, resultan algo confusas. No hubo concurso, pero sí algo similar, concurrente y participativo, con la conclusión de que el señor Soria habría sido el mejor. Probablemente sea cierto, pero sigo preguntándome si la discrecionalidad se aplicó sólo en el ámbito técnico o estuvo políticamente coloreada. Mejor hubiera sido disipar las dudas dando a conocer los demás currículos, sin perjuicio de proteger simultáneamente la privacidad de los candidatos mediante el oportuno pixelado en lo que a su identidad se refiere.

Si la propuesta del señor Soria hubiera sido fruto de la arbitrariedad política y no de la discrecionalidad técnica, se habría actuado mal, pero entonces se entenderían la renuncia y las disculpas. Lo que cuesta trabajo aceptar es que, habiendo sido todo impecable, se aleguen después razones de oportunidad para dar marcha atrás en el último momento. Los méritos funcionariales del candidato nada tienen que ver con el impacto mediático de la designación.

El caso, aunque distinto, se asemeja al del que obtiene el nº 1 en una oposición a notarías o en los turnos tercero y cuarto para el acceso a la judicatura, donde las consideraciones políticas huelgan por completo o tienen más difícil cabida. A lo peor, el funcionario señor Soria ha sido víctima más o menos voluntaria de la política.

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