La cuadratura del círculo

Rivera

Entre las afirmaciones más repetidas durante los últimos meses está la de que los electores han expresado nítidamente su rotundo deseo de que nuestros partidos políticos lleguen a un consenso para poder formar Gobierno. Creo que es una verdad, si lo es, a medias o necesitada de algunas matizaciones. Lo que los votantes quisieran es que gobernase el partido que ellos respaldaron en la urnas y, a ser posible, con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados y en el Senado. Lo de los acuerdos, a veces con ribetes de chalaneo, viene después y ya no es tarea de los votantes sino de unos candidatos que utilizarán, según convenga, el argumento de la minoría mayoritaria, las líneas rojas y, en último término, el bloqueo.

Pocos ciudadanos querrían la convocatoria de unas nuevas elecciones, en las que, si no hubiera grandes sorpresas y los resultados no variaran mucho respecto al de las dos anteriores, nos encontraríamos con una tercera versión de lo mismo. El Partido Popular y Ciudadanos seguirían muy probablemente sin alcanzar los escaños necesarios para una mayoría. Y la alternativa de izquierda exigiría, como hasta ahora, un escandaloso acuerdo entre el PSOE, Podemos y algunas formaciones independentistas.

Según las últimas encuestas, algo ganaría el PP en votantes y escaños, mientras que el PSOE, Podemos y Ciudadanos los perderían. Se mantendría así el actual equilibrio inestable entre derechas e izquierdas. Con otras palabras, nada podría hacerse entonces que no pudiera hacerse ahora para, pese a las dificultades, lograr la formación de un nuevo Gobierno. El precio que estamos pagando por este retraso es muy alto y va desde el progresivo descrédito de nuestros políticos a las limitaciones de toda interinidad, pasando por otros muchos motivos que no es preciso enumerar. Todo esto ocurre, además, cuando se recrudece el desafío separatista en Cataluña, sin que la respuesta del Tribunal Constitucional y, en su caso, de la jurisdicción ordinaria, sea suficiente para resolver un problema esencialmente político. Recuérdese la fábula de los galgos y los podencos. Nos estamos jugando la unidad de España.

Confiemos en el milagro de última hora que evite unas terceras elecciones generales. O en que, llegadas éstas, el cambio de candidatos en algún o algunos de nuestros partidos políticos facilite un compromiso por encima de toda desavenencia o incompatibilidad personal. Los intereses de España están muy por encima de los nombres propios. Y es curioso, para terminar, que precisamente Albert Ribera, líder de Ciudadanos, y sin duda alguna quien más se ha destacado en la búsqueda de un compromiso con el PSOE o el PP, no haya salido reforzado en las segundas elecciones ni lo sea en las encuestas sobre el resultado de una hipotética nueva convocatoria.

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