De nuevo la marca España

Las noticias sobre la marca España recuerdan algo a las que nos depara el monstruo del lago Ness. Sólo de cuando en cuando llegan a nuestros medios de comunicación algunas declaraciones o actos oficiales relacionados con la misma. Las últimas nos son de hace sólo unos días. De ahí la elección del tema para esta semana.

No creo que la marca España como promoción del Gobierno haya sido una buena idea, no sólo porque no conozco nada similar en los países de nuestro entorno sino también por otras dos razones fundamentales. La primera es que estas marcas, de haberlas, se ponen desde fuera. Son resultado de una percepción escasamente influenciada por la publicidad oficial de quienes venden el producto. El “made in Germany” vale más que mil palabras de autocomplacencia. La segunda razón es que no estamos, precisamente, en el mejor momento para recabar los aplausos del prójimo.

Verdad es que el sol y las playas siguen ahí, y que nuestro patrimonio cultural puede codearse con el de otros países como Francia, Alemania o Italia, por ejemplo, pero la marca España, entendida como distintivo global, incluye hoy aspectos tan poco edificantes como el de un altísimo paro que supera con mucho al que padecen las otras grandes y medianas potencias europeas. O la emigración forzosa de centenares de miles de jóvenes con la esperanza de encontrar algún trabajo en el extranjero, aunque no guarde la menor relación con su preparación profesional o universitaria. O la corrupción generalizada, política, institucional y económica que en los rankings internacionales nos coloca junto a países tercermundistas. Tampoco parece que a nuestras facultades científicas o técnicas acudan muchos extranjeros, si se exceptúan los hispanoamericanos que tienen la ventaja del idioma común.

Todo eso, y no sólo nuestras bellezas naturales, nuestra historia o nuestra herencia cultural, forma parte también de una marca España que atraviesa tiempos difíciles. Lo acertado sería volcarse en mejorar la realidad, pues las campañas publicitarias tienen, como las mentiras, las patas cortas cuando van por libre.