Del Congreso y de los congresistas

Ya sé que muchos lectores no estarán de acuerdo conmigo, pero creo que la principal sede de la soberanía nacional, la otra es el Senado, merece un respeto que en ocasiones brilla por su ausencia. Al Congreso se va a parlar, como indica el nombre de Parlamento. Allí se exponen ideas, se critica lo que se considera criticable y se apoyan o rechazan las iniciativas legislativas o de otra índole. En mi opinión, y pido perdón si molesto, el Congreso no es el lugar adecuado para hacer publicidad política con camisetas o pancartas. Las sesiones del Congreso y las manifestaciones en las vías públicas poco tienen de común.

Supongo que si cada diputado luciese en el pecho la imagen de su personaje preferido, español o extranjero, muerto o vivo, o si nos ilustrara con algún eslogan a su gusto, privaríamos al Congreso de la seriedad que hasta ahora le ha caracterizado. Las escenas o representaciones plásticas tampoco me parecen muy apropiadas. La actuación individual ha de valorarse desde la perspectiva de su generalización, pasando, por ejemplo, desde amamantar a un solo niño hasta dar el pecho a una docena en los escaños del hemiciclo.

Comentario aparte, porque no se limita a nuestras Cortes Generales, merece la conversión de la ceremonia del juramento o promesa en una bienvenida oportunidad para añadir coletillas que no vienen a cuento. En los viejos tiempos se contestaba simplemente con un “si” o un “no” -ofrezco disculpas una vez más si alguien se sintiera ofendido- como nos enseñaba el catecismo de los padres Astete y Vilariño. De esa breve respuesta depende la posterior toma de posesión. Todo lo demás, por importante que sea, carece de relevancia en ese momento.

Fue el Tribunal Constitucional quien abrió la puerta al admitir el latiguillo de “por imperativo legal” como aditamento en el caso de algunos nacionalistas vascos. Estos días hemos oído como una diputada, Carolina Bescansa, nos recitaba unos escogidos versos de Miguel Hernández, mientras que el diputado electo Iñigo Errejón cerraba su canto a la soberanía del pueblo de España con la ingeniosa frase de “porque fuimos somos, porque somos seremos”. Otros congresistas recurrieron de nuevo al imperativo legal, pero ilustrándonos también sobre sus ideas republicanas o su propósito de cambiar la Constitución. Todo muy bien, pero a destiempo.