El terrorismo islámico no surge de la nada

Bien está mirar, no ya las pajas en el ojo ajeno, sino las vigas, pero debemos dejar hueco para una mínima autocrítica. La confrontación con el Islam viene de antiguo: la Reconquista española, las Santas Cruzadas, el avance turco hasta las puertas de Viena y otros episodios históricos. Además, las grandes naciones cristianas dominaron hasta ayer mismo a muchos países de población musulmana en Asia y África, una ocupación que tiene su precio en rencores muy consolidados a lo largo del tiempo. Y luego hay que contar con el fanatismo religioso, hoy casi exclusivamente ligado a las doctrinas de Mahoma. Hoy, porque también hubo una larga época de fundamentalismo patológico en otras creencias. Es como si unos hubiéramos evolucionado mientras que a otros se les paraba el reloj en la Edad Media.

Nuestros desencuentros con ciertos sectores del mundo musulmán vienen de lejos, pero el fenómeno terrorista de Al Qaeda o el Califato Islámico tiene evidentes conexiones con la historia de estas últimas décadas. Hablamos, quede bien claro de explicaciones y no de justificaciones, como algunos gustarían leer para su lucimiento crítico. Algunos de los errores cometidos son ya irremediables. Así, nuestras intervenciones militares en Afganistán e Irak, o las más pacíficas aunque igualmente desafortunadas en Siria y Libia. Donde había Estados más o menos tiránicos, pero en los que aún se podía vivir, sólo hay actualmente caos, guerras fraticidas y un terror del que huyen millones de personas.

Hace falta combinar sabiamente la energía y las experiencias del pasado, lo que no será tarea fácil y, además, a nosotros nos corresponde desde hace tiempo mover ficha en al menos tres cuestiones. El internamiento en Guantánamo de sospechosos de terrorismo, a los que se les niega un juicio justo y en plazo razonable, es una infracción pública de los derechos fundamentales de cualquier persona. También la progresiva colonización de tierras palestinas por parte de Israel constituye un escándalo que, aunque condenado repetidamente por la ONU, se prolonga metódicamente gracias a la complicidad de esos mismos Estados Unidos que tanto hicieron tras la Segunda Guerra Mundial para que Europa renunciara a sus colonias aunque no estuvieran preparadas todavía para afrontar los retos de su independencia. La última cuestión es la inmediata destrucción de las casas de las familias de presuntos terroristas como un eco de las condenas bíblicas que se transmitían de padres a hijos, de generación en generación.