El “No” en la libertad sexual

Según el artículo 178 de nuestro Código Penal, “el que atentare contra la libertad sexual de otra persona, utilizando violencia o intimidación, será castigado como responsable de agresión sexual”. Más adelante, el artículo 181.1 dispone que “el que, sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona será castigado como responsable de abuso sexual”. La palabra violación se reserva para la agresión sexual agravada por la penetración vaginal, anal o facial. La agravación paralela en los abusos sexuales no utiliza tal nombre.

Viene esto a cuento de las reformas con las que el Código Penal alemán se propone tipificar los efectos de un “No” rotundo, aunque no vaya seguido de violencia física, amenazas o cualquier otra conducta apta para doblegar la voluntad de la víctima. Lo decisivo es la clara manifestación de rechazo a los deseos del prójimo. La novedad ha contado con el apoyo casi unánime de los parlamentarios. De un lado, porque así debe ser en buenos principios, y de otro, porque los sucesos en la estación principal de Colonia y en los alrededores de su catedral el último día del año pasado han dejado una dolorosa huella en el alma colectiva de la sociedad alemana. Aquello fue un caos durante el que numerosas mujeres fueron objeto de hurtos, robos y agresiones sexuales, incluidas algunas violaciones, por quienes confiaban en el anonimato de la multitud.

Hubo seiscientas cincuenta denuncias por delitos sexuales y otras quinientas cincuenta por delitos contra la propiedad, en su inmensa mayoría contra individuos de origen norteafricano (y no precisamente contra refugiados sirios o iraquíes), pero a la vertiente penal de lo ocurrido pronto se sumaron los temores por una inmigración masiva y, como tal, inasumible social, cultural y, quizá también, económicamente.

Aunque la reforma alemana sea loable por lo que tiene de justa en sí misma, sería ingenuo confiar en que contribuya mucho a resolver el problema cuando éste radica en las dificultades probatorias. Si faltan los signos externos de una resistencia decidida, habrá que seguir atendiendo a las circunstancias del caso concreto. No pueden compararse la violación por un desconocido que se introduce en el ascensor al mismo tiempo que su víctima, aprovechando que esta regresa a casa sola y de madrugada, y el acto sexual como indeseado episodio dentro de una cierta relación personal, sobre todo si no se llega a la penetración. La gran cuestión se plantea, como antes, si sólo se cuenta con una palabra contra otra.

Ya veremos si el legislador español se hace eco de esta novedad, muy atractiva pero de dudosa utilidad en muchos de los supuestos que pretende abarcar.