El autodenominado Estado Islámico (IS)

El mundo occidental, y a su cabeza la República Federal de Alemania, siempre se refería a la República Democrática Alemana (la comunista del este) utilizando la expresión “así llamada” (“sogenannte”), como si de ese modo perdiera importancia el Estado más relevante, después de la Unión Soviética, en aquel Pacto de Varsovia que nació como contrapunto a nuestra NATO. Hoy ya no existen ni la República Democrática Alemana ni el Pacto de Varsovia, pero sí tenemos un “autodenominado” Estado Islámico, dando a entender que no llega a serlo. Volvemos a hacernos trampas en los solitarios.

“Autodenominado” o no, el Estado Islámico es una realidad con territorio, población y gobiernos propios. Sus contornos físicos serán borrosos, pero ahí siguen dos años después de haber declarado la guerra a todos los infieles y herejes del universo mundo, con el terrorismo indiscriminado como arma preferida. Abu Mohammed al-Admani, un destacado portavoz del IS ya anunció en su día que el Ramadán, mes del ayuno, se convertiría en el mes del dolor. La amenaza se ha cumplido.

El resumen de las últimas jornadas no ha sido menos terrible porque los atentados se hayan cometido en países musulmanes. El 28 de junio tres terroristas suicidas mataron en el aeropuerto Ataturk de Estambul a 45 personas e hirieron gravemente a más de 140. El 1 de julio varios hombres armados irrumpieron en un restaurante de Daca, capital de Bangladesh, asesinando a 22 rehenes e hiriendo a varias decenas más. El 4 de julio le tocó el turno a la capital de Irak. Las autoridades hablaron primero de un centenar de muertos en Bagdag, pero luego subieron la cifra a más de doscientos. No sabemos cuándo se producirá la próxima matanza, pero sí que la habrá. Y la otra. Y la siguiente. Mientras tanto, poco más que palabras de solidaridad para con las víctimas presentes y futuras.

Se explica la imposibilidad de impedir todos los atentados que estos fanáticos decidan cometer fuera de su territorio, pero no se entiende tan fácilmente que el Estado Islámico continúe asentado en amplias zonas de Irak y Siria, incluidas algunas ciudades importantes, y se vaya extendiendo además por Libia y el centro de África. Parece que los aliados lo tuvieron más fácil para entrar en Berlín y acabar con el nacionalsocialismo. Tal vez suceda, simplemente, que no se pueda poner el cascabel al gato sin que nuestros soldados se expongan a morir sobre el terreno. Ahora los muertos son no sólo las personas asesinadas por los terroristas en los propios países musulmanes, sino también la población civil de Londres, París o cualquier otra ciudad de la Unión Europea o de Estados Unidos.

Verdad es que ni Saddam Hussein en Irak ni Bashar al-Asad en Siria ni Gadaffi en Libia se preocupaban mucho por la democracia y los derechos humanos, pero habría que preguntarse si en dichos países no se vivía, dentro de lo malo, un poco mejor y con mayor seguridad antes que ahora. Los éxodos masivos de población no se habían producido hasta que los Estados Unidos, la NATO y la Unión Europea acordaron intervenir allí con los resultados conocidos. El camino al infierno, aunque sea desde el purgatorio, suele estar empedrado de buenas intenciones.