Las últimas elecciones (y algo más)

El fiasco de las encuestas en nuestras últimas elecciones generales ha sido de los que hacen época. El techo de Mariano Rajoy serían los 130 escaños en el Congreso, pero el mayor interés de los pronósticos estaba en los resultados del PSOE y de Podemos Unidos. El “sorpasso” o adelantamiento de los socialistas por la formación morada se daba como seguro en la tarde del pasado día 26. Sólo faltaba por dilucidar si los seguidores de Pablo Iglesias y Alberto Garzón “sorpassarían” también a los populares. Hasta que empezaron a conocerse los primeros datos oficiales. La suerte de Ciudadanos con algunos escaños de más o de menos no preocupaba gran cosa.

El vencedor de la jornada ha sido de nuevo el partido de Mariano Rajoy, que consiguió 137 escaños y aumentó su distancia respecto a un PSOE que, sin embargo, se mantiene como segundo en la competición política. Pablo Iglesias es el único líder de uno de los cuatro grandes partidos nacionales que, dicho sea en su honor, ha reconocido sin ambages su rotundo fracaso, algo poco habitual en estos lares. Ciudadanos, curiosamente el partido que más se había volcado en la tarea de cerrar acuerdos para formar gobierno, no sólo no ha obtenido el menor rédito electoral por ello, sino que incluso ha obtenido peores resultados que el 20 D.

El PP ha quedado a 39 escaños de la mayoría absoluta, pero el PSOE y Ciudadanos insisten en que nunca respaldarán un gobierno presidido por Mariano Rajoy. Un veto personal, perpetuo y con reminiscencias de odio africano. De no levantarse aquél con un pretexto u otro para salvar la cara, y siempre que el actual Presidente en funciones no renuncie a su propia candidatura pese al rotundo triunfo el 26 J, la gran coalición entre el centro derecha y el centro izquierda será tan quimérica como lo fue tras el 20 D. Una alternativa podría ser la de un débil gobierno del PP en solitario, y otra, la de un bloque de izquierdas con el PSOE, Unidos Podemos y algunos partidos nacionalistas. Suponiendo, lo que es mucho suponer, que Pedro Sánchez se desdiga de todo lo dicho últimamente contra la formación morada.

Hasta aquí un comentario más sobre nuestro escenario político tras las últimas elecciones, cuando ya llevamos demasiado tiempo oyendo lo mismo, bellas palabras aquí y allá, y un revoltijo de promesas creíbles y sueños de verano. Todo bien adobado con las salsas de la incredulidad y del malestar por una corrupción que sigue sin recibir la debida respuesta. Tal vez se agradezca por ello que estas líneas terminen con un cambio de tercio.

Tarde del 26 J. Un programa televisivo en el que intervienen primeras figuras del periodismo. Una señora o señorita que comenta con desenvoltura e indudable solvencia las novedades de la jornada electoral. Todo normal hasta que llega un momento en el que creemos oír que hay que “hacer un sumatorio” del número de votos y escaños conseguidos por cada partido. No es un error de audición. La novedosa referencia al “sumatorio” se repite de vez en cuando. La lengua de Cervantes se nos queda corta y peca de vulgar. Hay que remozarla con cierta dosis de pedantería barata. Y si es por televisión, mejor que mejor. Una pena. Ahora resulta que “hacer un sumatorio” es el “sumar” de toda la vida pero traducido al idioma “tertulianés”, también entre comillas. Me temo que en esto del buen castellano no progresamos adecuadamente.