Dos importantes propósitos de enmienda

Todos celebramos que los últimos papas, y en particular Francisco I, hayan lamentado los casos de pederastia que, largamente silenciados, se venían produciendo en el ámbito eclesiástico. Era un secreto a voces que en algunos colegios religiosos, en los seminarios y en el entorno parroquial se daban episodios de pedofilia sin otra consecuencia que el traslado de un culpable perfectamente identificado. Nada de poner en conocimiento de las autoridades seculares la más que posible comisión de un delito. Parece que ni siquiera la jerarquía se enteró a su debido tiempo de que el fundador de los Legionarios de Cristo no era trigo limpio. La ropa sucia se lavaba, si es que se lavaba, en casa.

Tal conducta de la iglesia, que no deja de tener una faceta puramente humana, se asemeja a la de esos partidos políticos que han soportado una manifiesta corrupción en sus filas. Una práctica que se extendía, por hablar sólo del pasado, desde los modestos municipios hasta las cúpulas de aquí, allá y acullá. No importaba que todos conociésemos la razón por la que las concejalías o consejerías relacionadas con la contratación pública y la recalificación de terrenos eran mucho más solicitadas que las restantes. Aquí la ropa sucia no sólo no se llevaba a la lavandería de los juzgados, sino que aprovechaba a la economía del partido y también, con frecuencia, al recaudador.

De un lado y de otro nos aseguran ahora que las cosas han cambiado y que en adelante aquellas prácticas no se repetirán o serán corregidas de inmediato y con el mayor rigor. Sin embargo, durante el tiempo transcurrido desde las primeras promesas de regeneración hasta hoy poco hemos sabido de la interposición de denuncias penales o querellas por parte de las autoridades eclesiásticas o de los dirigentes políticos. Y aunque no existan casos nuevos, lo que es mucho suponer, también los antiguos deben ser perseguidos mientras que los delitos no hayan prescrito.

Las buenas palabras pueden ser el primer paso para recuperar la credibilidad en cuestiones tan delicadas como la lucha contra dichas corrupciones sexual y económica, pero si los buenos propósitos no van seguidos de una conducta que los ratifique, nada se habrá avanzado realmente. Más bien, al contrario: un nuevo desengaño. Y es que, como reza un viejo refrán castellano, “del dicho al hecho hay gran trecho”. Una verdad confirmada por miles de promesas caídas en el olvido o descaradamente rotas pese al gesto serio con que fueron hechas.