La peregrinación de Putin al monte Athos

Escaso eco ha tenido en España el peregrinaje del presidente Putin a la República monástica de Athos para cerrar su última visita oficial a Grecia. Inexplicablemente, porque es una manifestación más de las tradicionales buenas relaciones entre quienes han tenido a Turquía como adversario común. De otro lado, la indiferencia religiosa se ha extendido progresivamente por buena parte de Europa, dejando de ser un elemento básico de su identidad colectiva, pero no ha ocurrido así en la Grecia sometida durante muchos años al sultán de turno. Ni tampoco en una Rusia que tras la volatilización de la Unión Soviética se enorgullece pública y oficialmente de su religión ortodoxa.

Moscú sería la tercera Roma una vez conquistada Constantinopla por los turcos, o sea, la primera para la inmensa mayoría de quienes se sumaron al Cisma de Oriente. Fueron monjes rusos quienes se asentaron en el monte Athos hace ochocientos años, en la actual República Autónoma de ese nombre. Y esta segunda visita del presidente Putin, acompañado del presidente griego, se produce sólo un día antes del aniversario de la caída de Constantinopla en manos del Islam. Casualmente o no.

Los rusos no se encuentran tan aislados como algunos quisieran hacernos creer. La era comunista no ha roto sus viejos lazos étnicos, históricos y religiosos con otros países europeos. Y Rusia está demostrando en el tablero internacional una firmeza que contrasta con los sucesivos fiascos de las potencias occidentales. Un día Rusia interviene en Abjasia y Osetia del Sur hasta lograr su secesión de Georgia. Más tarde se anexiona la península de Crimea como respuesta al cambio del gobierno prorruso de Ucrania por otro prooccidental conforme a los deseos de la Unión Europea y de la OTAN. La única reacción ha sido la imposición a Rusia de unas sanciones económicas que, como todos sabemos, no conseguirán nada. Desaparecerán con el paso del tiempo y Crimea seguirá siendo parte de Rusia.

La política de Moscú ha sido también más acertada que la occidental en los problemas de Oriente Medio. El número de muertos en Irak, Siria y Libia se ha multiplicado desde que nuestra intervención acabó con sus respectivos presidentes, unos tiranos bajo los que, sin embargo, las gentes seguían en su tierra y llevaban una vida bastante mejor que la que tienen hoy. Los muertos se han multiplicado y los fugitivos se cuentan por millones. Y nadie puede negar que Putin, ajeno al origen de ese caos, es hoy el principal protagonista en la lucha contra ese llamado Estado Islámico cuyos horrores superan con mucho a todo lo que esos desgraciados países habían conocido hasta ahora.