Preocupación municipal por los perros, sus caquitas y sus dueños

cacas de perro

Las caquitas de perro se extienden por todo Madrid como setas en la pradera después de la lluvia, pero con algunas diferencias. Se pegan mejor al calzado, se prestan más al resbalón del transeúnte y tienen una mayor vocación de permanencia. Se trata de una lamentable realidad cuya constatación sólo requiere abrir los ojos o afinar el olfato. Así, directa y personalmente, sin necesidad de financiar profundos estudios a costa del erario público.

No parece, lamentablemente, que doña Manuela Carmena, alcaldesa de la capital de España, tenga las cosas tan claras. Hace pocos días los diarios capitalinos no sólo recogían el informe sobre la distribución de caquitas por toda la geografía municipal, sino que publicaban también un mapa urbano donde, a base de manchas negras, se ilustraba al lector sobre la magnitud de esa calamidad tanto en términos absolutos como según los diferentes distritos.

La tarea no debió ser fácil ni su resultado ofrece muchas garantías. Cabe suponer que para realizar una labor tan ímproba se habrá dispuesto de numerosos equipos difícilmente homologables entre sí. No todos los detectores de caquitas habrán recibido igual formación, habrán actuado con idéntico celo o habrán aplicado un mismo baremo para cumplir su singular tarea. ¿Se cuentan por separado las unidades de un montoncito o agrupación? ¿Y qué diremos del peso? Demasiadas preguntas sin respuesta satisfactoria mientras que no se encargue un nuevo estudio complementario.

Con todo, peor es que el dinero invertido y el trabajo de los cualificados especialistas no hayan servido para nada. Bastaría con multar a los dueños que no recojan la caquita de sus perros en las zonas públicas. El problema es sorprenderlos “in fraganti” o identificarlos después con las pruebas que nuestro Estado de Derecho exige. Tan sencillo como eso. Poco interesa que los excrementos caminos sean más numerosos en Chamartín de la Rosa o en el Puente de Vallecas.

Pero la política municipal riza también el rizo del absurdo con ribetes ideológicos al prever (así lo hemos leído, aunque parezca mentira) que la sustitución de la multa por el trabajo en beneficio de la comunidad permitirá asignar a cada uno de tan peligrosos maleantes un tutor que pueda traerle al buen camino. Algo similar a lo que se intenta con la resocialización de los más peligrosos delincuentes. La verdad es que los únicos beneficiados con estas ingeniosas ocurrencias serán quienes cobren por detectar las caquitas y rehabilitar al prójimo.

Sobre el autor de esta publicación